Mostrando entradas con la etiqueta Experiencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Experiencias. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de julio de 2010

Un quebrantahuesos violando el espacio aéreo francés















Julio 2010, Quebrantahuesos volando entre el valle de Gavarnie, Francia. Foto tomada desde el Puerto de Bujaruelo, 2270 metros de altitud, España.

Nació entre los riscos que atentamente otea para buscar sustento. Allí creó una familia, y ahora busca cualquier tuétano para poder alimentarlos. La brisa cálida que asciende por las laderas mece sus plumas y lo eleva más allá del valle. Más allá de aquellos peñascos que deja atrás. Desde su privilegiada atalaya puede ver todo un horizonte ante él, todo un mundo lleno de posibilidades y lleno de huesos que romper. Una suerte de cumbres, crestas, simas, cascadas, depresiones e ibones se le presentan delante de su pico. El horizonte se le hace inefable, pese a su imponente capacidad para desplazarse de un valle a otro. Él lo sabe: esa cuenca que recoge la sangre blanca de las escarpadas cumbres, es su lugar. Allí come, da de comer y espeta severas miradas a aquél que intenta inmiscuirse en su lugar destinado a su propia vida. Lugar. Suena bastante mal. Él también lo sabe: lucha por buscar comida, se abre paso entre sus coetáneos (que no congéneres) para poder buscar el lugar donde la vida sea menos dura y ancla raíces con sus afiladas garras al lugar que le proporciona el sustento para seguir siendo. Cuando entreve una sombra alargada en el horizonte lanza sus alas al vacío para intentar detener el avance de aquel ser alado que intenta buscar alimento más allá de su propio lugar destinado a su vida y sustento; quizá porque en el lugar que deja ya no quedan huesos que romper. Definitivamente, lo sabe. Guarda fielmente su lugar de abastecimiento y, una vez hecho suyo, una vez vetado a todos los demás, establece allí su hogar. Es su particular forma de establecer una frontera. Lo sabe. El hombre suele olvidarlo. Al hogar le añade un sustrato cultural inexistente en la forma primigenia del lugar, un aliño forjado más allá de la necesidad. El hombre es el único que puede abstraer, el único que puede prescindir del sustento, del sustrato, condición indispensable para el análisis. Y abstrae. Se olvida del abono que nutre las raíces y que extiende las ramas de aquello a lo que llama cultura. Lanza burdos llantos al cielo clamando hacia un ente arrancado de su realidad, de su res, de aquello material que lo nutría y lo hacía ser tal como era. Y arrancándolo juega con él. Se olvida de que su hogar era, en su esencia, un lugar de alimento y cobijo. Arranca el árbol y crea miles de formas con él. Juega a ser carpintero y, a sus mesas y sillas, les atribuye conceptos muy lejanos a aquél lugar del que se nutrieron, a aquel valle que las mismas manos del carpintero defendían ante cualquier intrusión foránea. El hombre es el único que puede olvidar que su hogar no es más que un lugar de abastecimiento, un silo, del que pretende asegurar su integridad para poder seguir comiendo, para poder seguir dando de comer, para poder seguir siendo. Es entonces cuando surgen los sentimientos nacionalistas llenos de contenido cultural que mantienen entretenida a la mente y vacía a la barriga. Es por ello que muchos movimientos nacionalistas son restauradores: pretenden ahondar entre las ramas secas de aquél árbol que arrancaron para encontrar la tierra con la que volver a llenar, con la que volver a restaurar, su escuálida (¿escuálida?) barriguita. Pero eso ya es agua de otro corral.
El hombre. Un homínido que olvida y, gracias a su defectuosa memoria, puede analizar y aprender. La abstracción es un mecanismo surgido del olvido. Pero esto también son derroteros por los que hoy no me apetece viajar.
Mi nacionalismo. Cuál es mi patria se me pregunta, dónde están mis padres de piedra y tierra. Patria y nación, árboles arrancados de su sino, hogares que olvidan que no son sino un silo. Somos hijos de la abstracción y la metáfora, del olvido y la invención. O el invento, si se quiere. Ando entre perpetuas y níveas contradicciones, soy consciente de ello: pertenezco a un lugar que me da alimento pero no consigue llenarme la barriga, un lugar que no puede tornarse en hogar. Como un quebrantahuesos que deja caer los inertes y blancuzcos huesos hacia las rocas y, una vez estallados, no encuentra tuétano alguno. Así ando yo por esta tierra.
Mis padres de carne y hueso, no aquéllos de piedra y tierra, a los que abrazo, lloro y siento, me brindaron la posibilidad de la metáfora. A ellos, a su carne que se regenera y se pudre les debo mi pequeña patria en el mundo. Ellos me dieron la posibilidad del invento. Me enseñaron a nutrirme de lo indigerible. Y así ando por la vida, con dolores terribles de estómago. Me descubrieron un valle lejano a mi lugar en el cuál, con el paso de los años, he hecho de él mi hogar. Él me da piedras, frío, hierba, polvo, cumbres, sudor, brisa y aliento. Y con ello me alimento. Soberana demostración de la capacidad metafórica del hombre y altiva afirmación de la contradicción sobre la que todo humano que llega al mundo se mueve. Han sido aquellos peñascos los que han guiado mis pasos ante la vida, el lugar que me ha aportado el alimento eminentemente metafórico que me ha permitido ser lo que soy y que me permite luchar año tras año para volver a él siendo algo mejor de lo que era. Es mi Ítaca personal que me guía y a la que nunca, quién sabe si este periplo acabará con el óbito, podré llegar. Arroyos salados se precipitan entre mis mejillas cuando llega el momento de abandonar mi hogar, el hogar que me brindaron y construyeron mis padres; arroyos que, cuando las cumbres desaparecen más allá de la carretera de vuelta a casa, se tornan en torrentes bravíos y estremecedores.
Es cuestión vital, irracional y pasional. Y yo lo sé. Y sé que es contradictorio. No intento adoctrinar mi sentimiento, no intento someterlo al yugo inmisericorde de la razón. Él es libre y se dispara hacia los peñascos cuando las cosas no andan bien entre el hormigón. Lo sé, es eminentemente inventivo, esencialmente metafórico. ¿Y qué? Eso me da la vida, por el mismo hecho de que es vida misma. Por eso mismo, cuando oigo hablar de doctrinas e idearios entremezclados con los sentimientos vitales, me horrorizo. ¿Cómo exponer en un manifiesto un pulso vital? No es cuestión de determinación estatutaria ni de panfletos olvidados tras una manifestación, no es cuestión de mandamientos ni de enumeración de intenciones... ¡es cuestión vital! ¿Qué monstruosidad es esa de exponer en un manifiesto una pulsión evidentemente irracional? ¡Es una salvajada! Puedo entender el nacionalismo como movimiento vital, pasional y restaurado (ya que debe vivirse con la barriga llena, sino no hay sentimiento nacional que valga) pero me asusta aquél intento por racionalizar lo irracionalizable, por intentar acallar a golpe de sección y artículo la inamovible contradicción que guía la vida alrededor del hogar.
¿Cuál es mi patria entonces? Aquello a lo que abrazo, lloro, siento y me alimenta. No aquél hombre de la plana de Lleida con el que, según dicen, compartimos gentilicio, sino aquél amigo que está leyendo esto, mi madre que me trae café y mi padre que se preocupa por mi inminente marcha. Mi hermana que me sigue molestando con su música a todo volumen, mi tía que me regala libros y mi novia que desea retener mi rostro en su memoria. El valle por el que lloro y ardo en deseos de volver a él, mejorándome y mejorándolo. Definitivamente, mi patria no es un árbol seco y arrancado, un nombre abstracto bajo el cuál cobijarse, ni un gentilicio exclusivista. Respeto, en tanto que sentimiento vital, a aquél que siente conexión con la inefabilidad de una comunidad cultural; pero no puedo compartirlo pues, vuelve a aparecer lo vital, no lo siento. Si no siento conexión alguna con el adjetivo sustantivado bajo el que muchas proclamas se cobijan, la humanidad, ¿cómo voy a sentirlo bajo un ente abstracto con el que me tratan de controlar, seleccionar y clasificar? El gentilicio es sólo una forma de control, una etiqueta que excluye el esfuerzo por ahondar en la complejidad del sentir humano.
Aquella misma forma de control que prefiere el eixample barcelonés al sendero escarpado y escondido del monte. En la montaña el ojo debe acostumbrarse al dinamismo mismo de la vida, el pensamiento debe esforzarse por encontrar un camino y perseverar en él. Entre las calles de una ciudad, las categorías y las etiquetas, vuelven vago al ojo y el pensamiento se desvanece entre las calles perpendiculares. Por eso la filosofía prefiere el bosque, donde debe decidirse entre todos los caminos posibles, buscar buscándose. En la ciudad suele estar ya todo buscado. Supongo que, por ello, ciudades como Praga, con aquéllas calles que se cruzan circular y elípticamente, y las barracas de las afueras de cualquier ciudad, suelen generar buenos ojos. Pero bueno, esto también es un sendero por el que no tengo ganas de seguir caminando. Alguno se puede esperar un cierre o un fin adecuado a toda esta diarrea de pensamientos. Hoy no toca. Hoy me reservo el derecho a la vida misma, donde ni todo acaba ni todo empieza nunca. Y no, esto no es un cierre.

martes, 15 de junio de 2010

"Siempre fue así" y "Todo está por venir"

El texto que enlazo es una reflexión sobre el concepto homérico de Ítaca y sus implicaciones en el acontecer humano. Sazonado con el sabor imborrable que las clases de Josep Manuel Udina me han dejado al largo de la vida. Cabe decir que no ha sido en sus clases dónde he exprimido las mejores lecciones de su presencia, sino en las relaciones "extra-magistrales": en el bar, en el restaurante y por los pasillos de la Facultad. Ha sido un buen profesor, uno de los mejores. Aunque, por encima de todo, ha sido un hombre y ha tratado a sus alumnos como humanos. Algo envidiable en los tiempos que corren.

"Siempre fue así" y "Todo está por venir"

Gracias a la recomendación de un buen amigo, traduco las palabrejas que salen en griego en este texto:

  • υσμός --> hrismós, el ritmo, el orden interno de lo dado en la poesía, en el mundo, etc.
  • ράβδος --> rabdos, el bastón que el rapsoda utilizaba para marcar el verso golpeándolo contra el suelo.
  • ἴδιοv --> idion, en el ámbito humano, lo idiota, lo propio
  • κοινόν --> koinón, en el ámbito humano, lo común
  • κόσμος --> kósmos, el universo siempre ordenado de los griegos
  • λογός --> logós, el orden interno que gobierna a lo dado: al discurso, al mundo, a la vida comunal. Para mí tiene mucho que ver con el hrismós.
  • Δική --> diké, la justicia como garante del orden universal.
  • νόστος --> nóstos, el retorno

domingo, 6 de junio de 2010

Filosofía, no serías nada sin la vida

La mezquindad del ser humano no tiene límites. Ya no queda lugar para la empatía ("εν", en el interior de, "πάθος", sufrimiento), εμπαθεια, aquella perdida capacidad de sentir el dolor ajeno en el interior de uno mismo. El interés personal sella herméticamente ese sentimiento que nos hace ser compasivos, compartir el sufrimiento. Ni Nietzsche ni su puta madre. Cuando uno ve a su madre rota de tanto trabajar, si no se le parte el corazón y los trocitos despedazados le suben por la garganta y le impiden el respirar... posiblemente sea un monstruo.

"La filosofía empieza donde acaba la creencia", según Platón. ¡Ja! ¡Yo me meo y me cago en esa aserción! La filosofía, mal que nos pese, no es más que el proceso inductivo parapetado tras la salvaguarda racional de lo deductivo. La filosofía se extrae de un cúmulo de vivencias particulares, personales y referidas al propio ἦθος que caracteriza a cada ser viviente. Lo vivido condiciona irremediablemente lo pensado. Extraer aserciones particulares de lo universal es una quimera, ¿que es lo universal sino la comunidad de vivencias particulares enlazadas tras un concepto abstracto? El ser humano es el animal más engreído de todo este planeta, ¿quién puede extraer juicios particulares de una universalidad que se le antoja inefable? El hombre, cuando desea ser deductivo, sólo recoge las migas de todo ese pan universal. En la panadería del conocimiento, lo único que hace es escoger las migas de aquellos panes que se acercan más a aquél sentido que él mismo ha dado previamente a su vivencia. Vivir y escoger. La filosofía se reduce a eso. La vivencia, tamizada por el sentido que le otorgamos, no deja de ser aquello que nosotros creemos que es; la filosofía empieza cuando se da sentido a la vivencia.
Nietzsche. Su madre era lo que era y sus amigos le hicieron lo que le hicieron. ¡Qué iba a decir él de aquella compasión tan religiosa!
Platón. Grecia estaba educada desde la creencia en un panteón que dotaba de sentido a lo vivido, un panteón que ahogaba la necesidad de aquellos hombres que ansiaban conocer las leyes internas de lo dado. Deseaban conocer aquella μοῖρα que se les presentaba como algo inefable, sólo los oráculos les remitían información siempre ambigua, contraria a la pretensión ática de desentrañar la verdadera ley que rige el acontecer. Jenófanes, Solón y luego Platón. ¡Qué iban a decir de lo creído! Necesitaban saber lo que para ellos era el verdadero ritmo interno del κόσμος, un conocimiento lejano a la ambigüedad délfica.

Y yo. Mi madre ha sido el fulcro de mi vida. Mi padre ha sido la figura de la seriedad, el trabajo, el rigor, el esfuerzo y la constancia. ¿Valores burgueses? ¡Iros a la mierda! Los valores de un chaval que hubo de emigrar con su padre a Alemania para poder comer. He recibido de ambos distintas influencias que, no por ello, dejan de ser complementarias. Aunque, y que los psicólogos y los aficionados al culebrón freudiano digan lo que quieran, prevalece en mi el ἦθος recibido de mi madre: la actitud vivencial, pasional, dejándose el aliento en aquello que le da alas para abrazar a la vida.
Y lo sé. Todas las aserciones, todas las valoraciones del universo, las hago en virtud de lo que he vivido y lo que me han enseñado. La filosofía no es algo dogmático y cerrado, es una postura particular referida a un contexto siempre personal. ¿La opción contraria? La postura contraria está sometida a vivencias lejanas a nuestra experiencia, por lo que si queremos criticar la filosofía que se extrae de aquella vivencia lejana debemos vivir la misma experiencia de dónde surge, y esto no es siempre posible. Es aquí dónde entra en juego la empatía, ponerse en el lugar del otro. No de su postura, de su filosofía, pues sólo es un producto final, sino en la vivencia que da forma y contenido a ese producto. Sólo así podremos saber si en ese salto de lo vivido a lo pensado se ha abusado de lo inductivo o si por el contrario, abusando de lo deductivo, se ha tomado a lo vivencial como lo universal.

En este punto surge el tema de la tolerancia. Considero que, en los extremos, ésta es imposible. No podemos tolerar aquello que niega el sentido que hemos dado a lo vivido, esto rompería de raíz nuestra estructura vital. No estoy hablando de dogmatismo. La empatía ayuda entender la postura del otro a relajar las tensiones entre las diferencias y dejar fluir la curiosidad infantil que caracteriza el conocimiento. Ésta puede ayudarnos a relativizar nuestra postura y a bajarla del pedestal donde la solemos colocar, para limpiar el polvoriento mármol sobre el que la teníamos puesta. Ese busto marmóreo forjado con lo que pensamos y lo que creemos que nos pertenece. Y, mientras limpiamos el pedestal, a nuestro busto vivencial le da tiempo para darse cuenta, en el suelo apoyado, de que no es ni la definitva, ni la mejor obra vital jamás hecha. La empatía deja lugar a la modestia, que mal entendida pasa a ser un simple mecanismo decoroso, pero jamás debería dar paso a una tolerancia ante rem. La crítica, siempre relajada y respetuosa, hacia lo que nos rodea, nos permite vivir con la convicción de lo vivido; eso sí, teniendo en cuenta que una nueva experiencia puede dar al traste con todo ese tinglado inductivo que nos hemos montado. La crítica debe ser siempre respetuosa, pues jamás sabes cuando vas a vivir aquello que ha llevado a forjación de las posturas que crees enemigas y tampoco sabes cuál va a ser tu dotación de sentido a esa determinada vivencia. Es importante aquí, de nuevo, la εμπαθεια, empatía, es el mecanismo que permite un simulacro, siempre limitado a las condiciones de lo reproducido -lo vivido en segundo término-, ante el cuál podemos hacernos una idea de nuestra posible postura ante aquella vivencia lejana.

Una vez más, todo esto es y no es. Estas aserciones están extraídas del sino de mi vivencia. Hoy son las que son y mañana pueden cambiar de rumbo totalmente. La plasticidad es una virtud importante ante la vida, díselo a los políticos...

Otra vez la misma canción, me está dando duro:

sábado, 5 de junio de 2010

Pause

Una temporada atípica de exámenes: me ha dado tiempo para cortarme el pelo y afeitarme la barba. Algo insólito. Y es que el espacio entre exámen y exámen hace que me tome esta lucha de un modo más relajado.
Suerte, τυχή, μοῖρα, destino o cómo se llame, no importa. Uno puede llegar a sentirse muy afortunado cuando sale de trabajar y tiene la posibilidad de mirar al cielo y sonreír. ¿Conformismo? No creo. La sonrisa que llena mis labios al salir de trabajar no tiene nada que ver con mis proyectos realizados o frustrados.
Caminar lentamente, dejar todo dentro de ti reposar, no pensar demasiado en nada y seguir caminando, paso tras paso, en dirección a casa. ¿Qué hay de glorioso en todo esto? Absolutamente nada. Y, sin embargo, sonrío.
¿De dónde surge la satisfacción? De la destrucción de esta misma pregunta. Dejar que todo tome su sitio y dejar acalladas, por un momento, las preguntas que zumban en el interior; y todo para lograr esa paz calmada entre el ἀγών característico de esta temporada académica. Suspender la acción entre los momentos sangrientos del combate, retirarse hacia el interior para coger inercia y golpear violentamente aquellos muros argumentativos que entorpecen el caminar.

martes, 23 de marzo de 2010

En la cocina del Moreno, en pleno centro de Crackovia.

Las 11:30 de la mañana, sonando Bon Iver de fondo, y almorzando en una cocina post-soviética. Esta mañana hemos dormido más de la cuenta y, al levantarme, me he metido una buena ostia contra la puerta -una señal divina de algún dios (sin mayúscula) bondadoso o, en su defecto, posiblemente amoral-. Hoy, probablemente, no será una buena idea pasar por Auschwitz. Estos días hemos podido sentir en nuestros órganos la esencia del viaje, la adaptación: los momentos de poca energía se enrocaban con las explosiones más sublimes de felicidad... nosotros, solamente, nos limitábamos a seguir la corriente de nuestras emociones, deslizándonos por ellas como un velero que, pese al tremendo temporal, se mantiene a flote sacudido incansablemente por el poseidónico oleaje. De la sorprendente Worclaw al entrañable Berlín, pasando -de puntillas casi- por el caduco maquillaje nocturno que Praga nos ofreció.

Más detalles y una colección de fotos en la próxima crónica.

viernes, 5 de febrero de 2010

Locura en una silla

En estos días de mucho estudio y poco movimiento físico, uno podría pensar que las horas pasan mortecinas en el reloj. No es así. La sorpresa es inherente al estudio, ya sea por la materia estudiada o por los pequeños descubrimientos que se efectúan desde ese estado del estudiante, entre las ganas de sacarse todo de encima y viajar lejos, muy lejos... y la coherencia: la única forma de sacárselo de encima es enfrentándose cara a cara con el problema.

Sin saber muy bien por qué ni cómo, hoy he descubierto un grupo que -creo- me brindará muchos momentos de inspiración y reclusión ensoñada. Tiene claros guiños a "Explosions in the Sky" y "Sigur Rós".

Butterfly Explosion; "Sophia" --> http://www.youtube.com/watch?v=paEixi6_ddE&NR=1

miércoles, 27 de enero de 2010

La profunda desazón que habita en el pecho.

Se levantó y no la encontró. Llevaba años buscándola. Cuando se rindió, algo se movió en el bolsillo de su pantalón. Contestó.

- ¿Si?
- Tengo una mala noticia.
- ¿Quién coño eres?
- La que buscas.
- ¿Dónde te metes? ¡Llevo años buscándote!
- No te lo puedo decir. Los dos sabemos que, cuando me encuentres, me matarás.
- Evidentemente.

Él sabía que, si seguía así, no lograría hacer volver a aquello que hacía tiempo andaba buscando.

- Mira... llevo tiempo intentando acabar contigo y no lo he conseguido... supongo que podemos plantearnos comenzar de cero.
- A mí no me engañas. Yo me alimento de ti, no puedo vivir sin tu agónica búsqueda de mi misma. Cada día que pasas buscándome y ahogándote en lágrimas con tu sábana... me hace más fuerte. Yo crezco con tu desazón. Tu sin mi puedes continuar viviendo esa vida que no sabes si vivir, yo, sin ti, muero.
- Esto ha llegado demasiado lejos... ya se han dado casos, ¿sabes? Hay mucha gente que convive con los de tu calaña; incluso, familiares tuyos han infundido soplos de creatividad a pensadores y artistas, han podido convivir juntos. ¿Por qué tu y yo no podemos hacerlo?
- Se necesita demasiada templanza y capacidad de sufrimiento por tu parte; si no me controlas puedo acabar matándote y yo... yo moriría contigo.
- Yo siempre he sido demasiado débil... si no... ya haría tiempo que habría acabado contigo.
- Lo sé.
- Demasiado débil para soportar ese dolor innombrable, jamás te he podido definir... contigo he encontrado los límites del lenguaje... no hay palabras para expresar a través de mi boca el dolor que siento en mi pecho y en mi garganta. Yo ya no puedo más.
- No podrás hacerlo, jamás tuviste la suficiente [...]

La conversación se cortó de repente. La gente que pasaba por la calle al principio se apartó. De entre los peatones, destacaron los más valientes o fanfarrones, que empezaron a acercarse. Alguno llamó a la ambulancia. Otros, a sabiendas de que los milagros eran cosa de cuentos, llamaron a la policía. Ocupó una pequeña columna en el periódico del día siguiente.

No tuvo otra elección. Su vida con ella hubiera sido imposible. Era débil. No tuvo la suficiente entereza como para mirar al vacío antes de precipitarse hacia lo inevitable: se tapó los ojos. La encontró entre las baldosas del suelo y, entre la sangre, los huesos y las vísceras esparcidas... ella encontró la muerte. La mató, matándose.

[Hoy ha sido un día de mierda, con una buena mierda de noticia al final]


martes, 26 de enero de 2010

"Melancolía nostálgica en el sol de invierno" o "Crónica de un desgarramiento anunciado (a bombo y platillo)"

Suena el despertador. Las 5:30h de la mañana. Salgo a por el tren ataviado con los útiles típicos del estudiante en época de exámenes: libros, apuntes, caramelos, comida preparada, agua y té en botella de plástico. Encaro mis pasos hacia la estación con la fría y húmeda madrugada sobre mí; en el mp3 suena esa canción que me desgarra las entrañas y me las ofrece de almuerzo. Y me pregunto quién escribió esa letra y si estaba pensando en mí cuando la escribió. Cada compás, cada palabra... la he vivido, soportado y llorado.

En el tren he tenido la inmensa suerte de no encontrarme a nadie conocido. Odio que la gente me hable cuando estoy desgranando una canción. Si el llanto no era del todo cercano, el nudo en la garganta cada vez me estrechaba más el paso del ansiado aliento.

Cuando he llegado a la biblioteca, el Sol, en el cambio de turno, aún intercambiaba palabras de cortesía con la Luna. He leído a hombres que hablan sobre Dios y, desgraciadamente, no lo he visto por ninguna parte; y lo he querido encontrar y sólo he hallado las entrañas que engullí en el almuerzo.

He salido a ver el Sol, y el caótico paisaje que iluminaba, desde el techo de la biblioteca; he vuelto a escuchar la canción. No he visto a Dios, he visto a mis podridas entrañas y mi llanto ahogado en la vergüenza; he querido y no he podido.

He gemido de dolor, gemido. No he gritado. El gemido esconde un dolor más profundo que el grito; al grito le quedan fuerzas para la esperanza, el gemido se ahoga en su desazón. El grito se acalla con el llanto, el gemido se desvanece con la muerte. Es el legado vitalicio que nos dejan los contactos sangrientos con nuestros allegados: queridos, heridos e hirientes.

Mañana: sangre. Cómo cada día que el Sol despunta en el horizonte. Ya me lo dijo Job...

Love Of Lesbian & Zahara; "Domingo Astromántico" --> http://www.youtube.com/watch?v=KFRygg5QYXA&feature=related


domingo, 24 de enero de 2010

Algo va a cambiar

Conversación de bar. Ausente. No me encuentro. Decido irme. Música en el mp3 (Love Of Lesbian + Nacho Vegas), tejanos y chaqueta de tela militar. Bufanda. Noche. Calle. Humedad. Un sentimiento de asqueroso vacío y sinsentido se apodera de mí. Sé que no hay sitio. Sé que este no es mi sitio. Mi madre dormida y rota de tanto trabajar. Mañana me levanto a las 6h de la mañana para ir a estudiar y me encanta pues, ahora mismo, es lo único que me confronta conmigo mismo. Lo único en lo que volcar mis ansias de lucha para abrazar el inerte vacío y, evidentemente, acabar abrazándome a mi mismo. No sé adónde me lleva todo esto. Gris. Azul marino. Negro. Verde oliva. A dormir.

Love Of Lesbian, "Allí dónde solíamos gritar" --> http://www.youtube.com/watch?v=bjCjmp_TM6c

domingo, 17 de enero de 2010

Desesperación en la espera de la desesperanza

En efecto, ya nada será igual tras el día de la gran broma final. A veces pienso que Nacho escribe esas letras desde situaciones emocionales no demasiado distantes por las que uno pasa.

He aquí la primera canción de Nacho que tocó en Barcelona, los asiduos a sus letras y canciones hemos devanado internet para lograrla encontrar, pues era inédita y nadie la conocía.

Nacho Vegas, "La gran broma final" --> http://www.youtube.com/watch?v=cAqjhWzLeHg

Y aqui la tremenda calidad literaria que se desgrana a través de los vaivenes de la mano entre las cuerdas de su guitarra; hoy, especialmente, esto duele:

Dejan los tambores de tocar
y un gong anuncia la retirada
se discute la capitulación
mientras de fondo suenan carcajadas.
Obtuve por mi miedo a no padecer
cinco años de indolencia
es la semana grande de la crueldad
y en nuestro honor celebran una fiesta
yo me limitaba a contemplar
la misma grieta de la pared.
Alguien dijo "habrá que demoler"
no sé cómo no lo vi llegar
era el día de la gran broma final

Ha cundido el pánico en Madrid
salen fotos en la prensa rosa
en la alfombra roja habla el escritor,
él sabe cómo se hacen bien las cosas.
Puede que el tiempo me dé la razón
pero no queda tiempo, hoy es el día
en que dos planetas se estrellarán
mientras tú concedes entrevistas.
Y ahora ya me empiezo a preguntar
cuál de estos chistes es el mejor:
el del día en que te hablé de amor
sabiendo que daban temporal
o el día de la gran broma final.

Como un mar me presenté ante ti
en parte agua y en parte sal.
Lo que no se puede desunir
es lo que nos habrá de separar
en el día de la gran broma final.

Hay quien decía que era
grande y fuerte y nuestro amor.
Sí, como las torres gemelas,
¿recuerdas? allá en Nueva York.
Y cuando sabes que algo puede ir mal
estallará delante de ti
cuando no es posible ser feliz
y te asustas como un animal
es el día de la gran broma final.

Cuando griten en voz alta
que tu amor entero fue una estafa
y tú protestes pero no haya un alma allí para escuchar
es el día de la gran broma final.

Ya nada será igual
tras el día de la gran broma final.

martes, 29 de diciembre de 2009

Tiempo de comer

Hace ya días que no escribo nada. Cuando volví de mi estancia con los monjes benedictinos en el Monasterio de Poblet (cuando pueda escribiré la crónica) me dí cuenta que mis manos no se deslizaban con demasiada soltura por encima del papel. Mente en blanco, falta de ideas, cansancio, resaca... excusas. Sólo hay una posible razón para explicar mi abstinencia de tinta y papel: hambre. Tengo hambre. Es tiempo de comer, de sentarse a la mesa y devorar, para luego digerir la comida tranquilamente en el sofá y, cuando la tenue luz del ocaso me despierte, ponerme a escribir.

Es tiempo de leer: "En ruta", "Escritos políticos" y "John Barleycorn. Memorias alcohólicas" de Jack London; "El lobo estepario" de Hermann Hesse; "Política de hechos consumados" de Nacho Vegas; "Sentimiento trágico de la vida" de Unamuno. Eso sí, es tiempo de leer entre los ratos libres que me deja el estudio para preparar los exámenes de Febrero. Tiempo de estudiar escuchando a "Explosions In The Sky", "Early Day Miners" y al magnífico e inspirador "Nacho Vegas".

Early Day Miners, "Centralia" -->http://www.youtube.com/watch?v=ue4XE4Y8HEA

Explosions In The Sky, "First breath after coma" -->http://www.youtube.com/watch?v=w0o8JCxjjpM


A ver qué sale de todo esto.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Manual para la buena presentación de los trabajos académicos

Y después de hacer lo correcto, gastó lo que le quedaba en el bolsillo en un combinado de ginebra refinada con zumo de naranja. Pensó que sería una buena idea ponerse a escribir y, en ese justo instante, se acordó que hacía tiempo había rechazado el alcohol como la musa de su pluma; sabía que lo que le impulsaba a escribir se hallaba delante de sus ojos y que, con ayuda de buena música, sólo con pensar en ello sus dedos se deslizaban rozando cada tecla del magullado ordenador con el ímpetu del desesperanzado paciente.

- No bebas
- Sí mamá...
- No fumes
- Sí mamá...

Ella lo sabía, él lo hacía. Él sabía que ella se preocupaba, ella no tenia tiempo para preocuparse, bastante ocupada estaba ya con su trabajo como para pensar en "pre-".

Y, sin embargo, se preocupaba.

martes, 15 de diciembre de 2009

Recuerdos nocturnos de la undécima planta de un hospital

Ahora entiendo, muy profanamente, la peregrinación en las religiones. Cuando uno vuelve a un lugar que, aparentemente, le ha cambiado la vida... el lugar cobra toda la significación como hito que inspira y guía los pasos venideros. Y es que, para el enfermo, no hay mejor lugar para el emerger de la creatividad que la inestable calma de un pasillo de hospital en las noches cerradas de invierno. Paseando, en las noches oníricas de la planta de un hospital, solitario y sorteando reflexiones sobre el devenir, uno siente el frágil impulso que da alas a la vida, la terca voluntad de seguir viviendo.

Explosions In The Sky, "First Breath After Coma" --> http://www.youtube.com/watch?v=w0o8JCxjjpM


martes, 8 de diciembre de 2009

Miedo y asco en Barruera

Esta no es una crónica cualquiera, es la exposición más o menos detallada del tránsito decadente entre una salida narcodeportiva y una salida narcótica. Sucedió en el puente de la Constitución (5/12/2009 - 8/12/2009)


Sábado, 5/12/2009
Era mi último día de trabajo. El último sábado del año en el que mis pies se deslizarían a las 6:30A.M. de mi cama a la oficina de Correos. El frío de la mañana me despertó sin la necesidad del café-laxante de la pseudo-máquina cafetera que habita en la oficina; miré a mi alrededor: cemento, coches, tapias, pavimento, relojes, prisas...
Con el triste panorama que rodea mi habitual peregrinar hasta la oficina, mi cabeza esa mañana no iba a sumergirse en las típicas reflexiones que acompañan mi semanal caminar matutino. El hastío y el tedio habían desaparecido, la esperanza de reencontrarme con las montañas sumergía esos sentimientos y ponía a salvo la inminente satisfacción que produciría en mi cuerpo ese reencuentro.
La mañana pasó como pasan todas las mañanas de los sábados en la cartería de Rubí: carta, sello, estampita, clasificación, murmullo, insulto, café, monotonía, carta, sello, estampita...

La escapada era inminente. Llevábamos un mes discutiendo el lugar y la actividad que ocuparían nuestro puente: esquí de fondo en Bujaruelo, raquetas, cabañas de pastores, etc. Al final, la nevada inmensa y el riesgo 4/5 de aludes en las cumbres de mi querido valle del Sobrarbe (Bujaruelo) hacen que nos decantemos por algún lugar donde no nos dejemos la vida. Pronto descubriríamos que la nieve en la montaña no es el único factor de riesgo para ponerse el pijama de pino.
Decidimos ir a Barruera, un colega nuestro conoce perfectamente el lugar y asegura que hay una cabaña de pastores donde pasar la noche y encender una hoguera, principal objetivo de nuestra salida.

Durante la tarde del sábado, después de salir de trabajar, caigo dormido en el sofá con la ayuda de mis espaguetis al atún (algún día os pasaré la receta) y el sopor de los capítulos de Los Simpsons repetidos. Mi colega, Míguel Moreno, me llama a las 18P.M. Me despierta. Nos vamos en una hora. No tengo nada hecho.
En una hora recopilo todo lo que creo necesario: ropa de abrigo, polainas, bastones, linterna, papel, pluma, calcetines, calzoncillos, cubiertos, música, guantes, bufanda, saco de dormir, esterilla, botiquín y un libro (El sentimiento trágico de la vida, Unamuno). Miro la predicción nivológica y pinta bien, un riesgo de 2/5 de aludes a partir de 2000m.

Míguel me pasa a buscar y rápidamente ponemos rumbo hacia Lleida, pasamos el viaje hablando de la vida y de las amistades con la ayuda de Loquillo en el reproductor. Al llegar al destino nos espera una amiga, Cristina, con la cena: un par de pizzas y vino.
Cenamos y nos dedicamos a digerir nuestra ingesta de pizza haciendo el capullo, el resultado: un vaso de vino derramado en la selvática habitación de Moreno. Decidimos calmarnos y preparar la mochila de Míguel para la salida; cuando deja de meter ropa de abrigo, ponemos rumbo hacia la fría noche ilerdense.
Yo decido salir con las mallas de caminar y las botas ante el rubor patente de mi colega. Un rockero, un pseudo-montañero y una andaluza salen en busca de algún trago con el que mitigar el reumático frío. Por el camino nos encontramos una estufa de leña encendida y dos montones de leña para quemar. Mientras Cristina y yo pensamos que es una buena idea para calentar las noches de los desamparados, a Moreno le pasa por la cabeza la gran idea de hurtar maderos de leña para nuestra hoguera en la montaña. Una ruín y gran idea, pero antes debíamos calentar el cuerpo. Me llevan a un bar genial, el "Jazz"; buena música y ambiente snob. Me pido un té verde y un té del Nepal, mi lengua no nota la diferencia y mi cabeza sospecha que todos los tés de la carta proceden del mismo envase...
Salimos de allí y vamos a una especie de antro con buena música; me pido un Aquarius y me animo. Un par de gilipollas y sus serviles prostitutas se empiezan a mofar a escondidas de mis pintas de montañero homofílico; antes de discutir o acabar a hostias, que ganas no faltaban, decidimos salir de allí.

Cuando llegamos al coche, Moreno pone la "Cabalgata de las Valquirias" de Wagner y nos dirigimos a hurtar los maderos de los desamparados para calentar nuestras noches.

La noche para mí acaba pensando en mis amigos. Pol y Uri, los dos componentes de la expedición que aún quedaban por llegar, estaban pasando la noche con sus novias en Rubí, y Moreno estaba con su amiga Cristina en la habitación de al lado. Gascón, nuestro guía en la Vall de Boí, está compartiendo su tiempo nocturno con Carme, su amor de los Pirineos. Yo, tumbado en una enorme cama, paso los últimos compases del día intentando consolar mi soledad con un libro de Meditación.

Domingo, 6/12/2009
A las 11 de la mañana me despierta la llamada de Uri, ya han llegado. Cargamos todo el material en el Nissan Micra de Pol. Aún no logro entender cómo pudieron caber las tres mochilas, los maderos, las mantas, la comida (un gran surtido de barbacoa) y... nosotros.
Enfilamos el camino hacia Barruera con los grandes éxitos de nuestra infancia sonando en el cassete del Micra: Chasis, Green Day y Doble V; cuatro tíos embutidos en un Micra escuchando "Flying Free", algo tremendamente bizarro.

Llegamos a Barruera a las 14h. El colega que conoce el entorno, Gascón, nos espera en el restaurante de la tía de su novia. Allí nos entregamos a los placeres gastronómicos antes de maltratar el estómago en el monte. Una vez terminado el simposio decidimos pasar a buscar hierbas espirituosas por la casa de la prometida de nuestro colega, Carme.

Cargamos todo el material a nuestras espaldas y pasamos por casa de Gascón a buscar unas cuantas maderillas para poder encender el fuego, algunos aprovechan para aposentar su trasero en el cómodo WC de su casa.

Así empezamos a subir hacia la cabaña: ataviados con maderas, comida, parrilla, vino y demás enseres. La risa y la burla ante tan intrépidos y penosos montañeros se palpa en el ambiente.
La caminata empieza a las 18h, con el sol poniéndose en el horizonte.
Gascón y su novia nos acompañan en las primeras rampas, pero luego nos abandonan para dedicarse a placeres diferentes al senderismo.

Nosotros seguimos ascendiendo con los mochilotes a cuestas; el ocaso nos obliga a encender los frontales. Pronto nos damos cuenta de que las polainas no será una carga útil en nuestras espaldas, la nieve es escasa pero da cuenta del frío que hace por aquellos valles.

No tardamos demasiado en ganar altura y nuestros ojos van buscando la cabaña. En la oscuridad aparece la primera construcción humana del camino, una austera ermita; ya no queda demasiado para llegar a nuestro destino. Unos pasos más entre la cerrada noche y, al fondo, vemos asomar la silueta de lo que parece ser una cabaña de pastores.

La sonrisa aparece en el rostro de los cuatro amigos, entramos en el refugio y pronto hacemos de él nuestro hogar. Encendemos el esperado fuego y empezamos a organizar el material: colgamos la ropa, preparamos las camas y sacamos la comida. La oscura noche solo nos permite imaginar el bonito entorno en el que nos encontramos, los límites de nuestro universo se reducen a la cabaña y sus alrededores; por la mañana ya habrá tiempo para expandir las fronteras.

La noche avanza entre vino, botifarras, panceta, pan y risas. Yo sigo terco en mi abstinencia alcohólica e intento dar largos tragos al agua embotellada que habíamos adquirido en el colmado de Barruera. Pronto nos vemos absorbidos por la hipnosis del fuego; una extraña hiperactividad invade mi mente y no puedo parar de ingeniar instrumentos de filtración de agua, antorchas con madera y panceta, ollas con nieve cerca del fuego para hervir y conseguir agua "estéril"... mantenemos vivo el fuego toda la noche y decidimos irnos a dormir.
Pol nos advierte que es peligroso dejar el fuego encendido, pero el frío no nos deja pensar con claridad y decidimos dejar que los maderos sigan quemando y mantengan el hogar en calor; Pol, obstinado en su advertencia, deja una ventana abierta.

Uri me despierta a eso de las 5h de la mañana y, casi sin poder respirar, enciendo la luz. Pol tenía razón. Estamos inmersos en una nube de hollín, el humo me obliga a salir corriendo del saco; bajo la escalera y encuentro a Uri intentando respirar algo de aire puro por la ventana. Recorro todo el camino hacia la puerta de la cabaña sin respirar y abro la puerta del refugio. Una sola idea recorre mi mente: hemos estado cerca de quedarnos dormidos para siempre. Moreno, en su habitual tranquilidad elegante que le caracteriza, aún estaba en el saco preguntándose el motivo de tal jaleo; yo creo que el CO2 le había dejado semi-K.O.

Solucionada la capullada y dirijidas nuestras disculpas a Pol, volvemos a dormir. Posiblemente la ventana que dejó abierta nos salvó la vida.

Lunes, 7/12/2009
Me despierto a las 10:30 de la mañana. Despierto a Moreno y a Pol, nos vamos a hacer algún pico. Uri se quedará de guarda en el refugio. Almorzamos unos espaguettis de sobre y un té. Refundimos ropa de abrigo y comida en mi mochila y enfilamos por la pista forestal.

Miro hacia arriba y decido hacer el pico que está justo detrás de la cabaña, debemos ladear la falda de la montaña y ascender por una ladera que nos llevará en diagonal hacia la cumbre. El día se ha levantado cerrado, a veces las nubes se despejan y nos dejan ver la majestuosidad del valle en el que nos encontramos: de aspecto glaciar y salpicado por clapas de nieve.

Continuamos ascendiendo en zig-zag por la pendiente más llevadera de la ladera que, con todo, era muy empinada. Cuando faltaban unos 30min para hacer cima, la niebla surge del pico y desciende hacia nosotros; y detrás de las montañas se observa el avance de una tormenta. No llevamos mapa ni brújula y decidimos dar por concluído el intento.

Bajando nos pilla la lluvia y decidimos ponernos a correr hasta la cabaña.

Llegamos y nos encontramos a Uri dentro de la cabaña, parece un leñador de antaño. Nos recibe y rápidamente se pone a encender un fuego. Colgamos la ropa y nos secamos. No tardamos en hacer brasas y poner carne en la parrilla, nos damos un buen festín.

La lluviosa tarde hace que algunos suban a dormir y que otros se queden a la vera de la hoguera. Yo decido servirme un Moscatell con nueces, rompiendo levemente mi abstinencia alcohólica; Pol y Moreno me secundan, y pasamos charlando un rato cerquita del fuego.
Acabado el vino dulce, decido sumergirme en la lectura de Unamuno y salgo fuera a leer. La tarde acompaña la lectura: el porche de la cabaña me protege de la fina lluvia, se escucha un río cercano que juguetea con la gravedad y, desde el interior del refugio, se escuchan los maderos crepitar.
Cuando avanza la tarde y pasan las páginas de mi libro, el cielo se despeja y deja ver un surtido de colores propios del atardecer de las cumbres. Moreno sale a mi encuentro y mantenemos una charla que acompaña los colores del paisaje.

La madera se acaba y salimos a buscar troncos secos, en un momento la niebla se cierne sobre nosotros y el sol que nos iluminaba desparece entre las nubes. La tarde se ha tornado en noche en un abrir y cerrar de ojos; entramos a la cabaña y ponemos a secar toda la madera al lado de la ya incandescente hoguera. Cabe destacar el poder secante del fuego que habíamos creado, que derritió las suelas de las botas de Pol que previamente dejó a la vera de la hoguera para secarlas.

Esa noche la pasamos consumiendo toda la comida que quedaba en el refugio y haciendo eternas bromas y juegos antes el hogareño crepitar del fuego. Cuando nos entra el sueño, hacemos caso a Pol y apagamos nuestro cariñoso y humeante compañero.

Me desperté entrada la noche para ir a mear, al salir fuera me encuentro con un espectáculo sensitivo: la luz de la luna ilumina el valle y se perfilan todas las siluetas de los montes y las clapas de nieve. Despido al paisaje nocturno y a Orión que nos vigila esa noche.

Martes, 8/12/2009
Nos despertamos, esta vez sin humo, y nos dedicamos a tocar la moral a Oriol, que duerme como un cacique con su saco y su manta.
Cuando nos cansamos, nos ponemos a recoger nuestra morada y Pol se entrega a la difícil tarea de restaurar sus maltrechas botas con tiras de esparadrapo.

Barrido el refugio y hechas las despedidas pertinentes, ponemos rumbo hacia Barruera. El cielo está precioso y carece de nubes; los colores del valle se expresan con toda su potencia. Me quedo rezagado tirando unas fotos y respiro el aire de montaña. Me quedo mirando el paisaje y recuerdo mi amado valle de Bujaruelo. No sé cuando volveré a pisar las montañas pirenaicas y desconozco si volveré a ver sus contrastes, al llegar a casa sé que me esperan días de reclusión en las bibliotecas y libros. Tomo aire para darme esperanzas y me prometo a mi mismo que trabajaré con ahínco para merecerme otra vuelta a la naturaleza.

Más adelante Moreno se detiene para dejar que los alimentos hagan su último viaje por el cuerpo; eso me permite reunirme con mis amigos en el camino de bajada.

Al llegar a Barruera compramos todos los alimentos azucarados posibles y ponemos rumbo hacia Lleida. Tenemos prisa, Pol debe dar cuenta de su absentismo laboral en el Telepizza.
En las calles leridanas dejamos a Moreno y nos comemos un bocata en el famoso bar que nuestro compañero frecuenta cada mañana. Lo despedimos y ponemos rumbo hacia Rubí.

Conclusión final.
  1. Haced caso a vuestro amigos biólogos en materia de CO2 y muerte por ahogo, y lavad vuestra ropa después de la exposición constante a una hoguera.
  2. Aprovechad la montaña para echar de menos las comodidades de la civilización: fruta y verdura frescas y alimentos azucarados.
  3. En un ambiente de intoxicación por CO2 y bebidas espirituosas, me limité a intoxicarme con una larga exposición al humo y un par de vasos de Moscatell.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¡Adiós vieja amiga!

A Scott le encantaba leer, podía pasar tardes enteras inmerso entre las amarillentas hojas de algún libro de filosofía o releyendo viejos relatos de aventuras que ocurrían en la basta estepa ártica.
Scott no era el típico chico enclenque y enfermizo que pasaba los días de su vida encerrado en una biblioteca, no podía leer si su cuerpo no estaba cansado. Sus piernas, sus brazos, sus pulmones y su corazón necesitaban excitarse y estimularse. Era así como acallaba los tercos impulsos de su
cuerpo, era así como dejaba su mente libre y podía entregarse a la lectura.


No era Scott un chico de urbe, aunque vivía en ella. Cuando pasaba demasiado tiempo entre el cemento, entre los coches, entre la filosofía erudita y la literatura intelectualoide, le invadía un hondo sentimiento de vanidad: se veía a si mismo orgulloso de estar viviendo en esa ciudad, orgulloso del cuerpo que estaba consiguiendo y del coche que conducía, orgulloso de entender los fragmentos de Heráclito, orgulloso de leer a los autores más snobs del momento. Cuando se veía enorgulleciéndose de esas cosas tan vanas, tan vacías, tan exentas de vida... se lanzaba a la lectura de Miller, de los relatos inmersos en la pura naturaleza de London, en la vida salvaje de Bukowski. Por sus venas galopaba el nihilismo y cualquier conversación que fuera más allá del sexo, el fútbol o la posibilidad del suicidio, le aborrecía implacablemente.


Este estado caótico e intelectualmente destructivo causaba heridas sangrantes en el alma de Scott; sabia que la cultura estaba recubierta con el velo de las tres parcas. Sabía que el cemento, los coches, la filosofía, la salud y la literatura estaban cubiertos de una podredumbre cadavérica; las construcciones arquitectónicas no podían superar la magnitud de las cumbres, la velocidad del carromato era artificial y exenta del placer que producía avanzar entre la hierba alta en una mañana fresca de verano, la idea de belleza en aquél pensador de la edad media no tenía nada que ver con la experiencia estética que sentía Scott cuando sentaba su cansado trasero en el remanso de un río y miraba las nubes corretear entre las crestas de los cerros, la descripción literaria de cualquier paisaje era, sin lugar a dudas, de una calidad ridículamente inferior a la directa expectación del mismo paisaje. La cultura lo alejaba de la vida; la cultura cercenaba, despreciaba y empobrecía su experiencia. La cultura prefería la razón, Scott prefería la vida.


Esta agonía era solucionada de forma muy sencilla: escapar unos días a reencontrarse con la inmensidad de la naturaleza. Allí Scott saciaba su ansia de vida; recorría valles, dormía en las laderas, se bañaba en los lagos, ascendía a las hermosas cumbres, observaba a los rebecos, pesaba en los ríos, charlaba con los lugareños y observaba sus labores arraigadas a la tierra. De repente, a Scott le entraban unas ganas tremendas de verter su experiencia sobre el papel, de reflejar sus ideas con su pluma. En ese preciso momento Scott volvía a casa, su vuelta a la vida había concluido.

Este periplo, este ir y venir entre la razón y la vida se daba unas tres veces al año en Scott. Sus amigos y su familia lo habían comprendido; muchos lo consideraban como un febril loco pero, quien realmente lo conocía, sabía que Scott necesitaba de este ir y venir para, precisamente, no acabar con sus carnes en el manicomio.
Muchos pensaban que Scott era una especie de bohemio drogado. Nada más lejos de la realidad. Scott sólo bebía agua, café y zumo de naranja; necesitaba estar en plena forma y en salud para sus escapadas hacia la vida. Era un eterno luchador, solucionaba sus problemas con sus propias manos, con su propia mente, con la única ayuda de las substancias creadas por la digestión de alimentos que no intoxicaban ni su razón ni su capacidad de adaptación y experimentación.

Era Scott ante todo un ser racional, en sus etapas de racionalidad, y un ser experimentador, en sus vueltas a la vida. Sorprendentemente, fue en una etapa de raciocinio en la que ocurrió todo. Scott sabía que muy pronto debería preparar la mochila, empezaba a notar que la filosofía era pura palabrería y sabía que el cemento que pisaba era demasiado regular... necesitaba volver a la vida, dónde los caminos son tortuosos e irregulares y la filosofía sólo surge cuando uno ha encendido un buen fuego y sostiene una trucha ensartada en una rama sobre el rabioso crepitar del útil regalo de Prometeo. Pero esa tarde, la ambición experimentadora de Scott le asaltó demasiado temprano: pidió una ginebra con zumo de naranja. Jamás había probado el alcohol, la razón se lo había impedido, sabía que era perjudicial para sus neuronas y su estado de forma; aún así, decidió experimentar en sus propias carnes el efecto de esa combinación.

Scott notó cómo el ardiente combinado bajaba por su garganta. La combinación le pareció asquerosa e insoportable; aún así, empezó a encontrarse bien. Los problemas filosóficos, los problemas familiares y los dilemas morales se desvanecían a cada trago. Pronto notó la maravillosa sensación de la deshinibición y el desarraigo de los problemas, a cada trago sus preocupaciones desaparecían ante un halo de confusión y excitación.

No hace falta decir que Scott no preparó la mochila. Se quedó en la urbe. Antes había solucionado sus problemas con la reflexión y, cuando estos le atormentaban o le parecían inútiles, marchaba al monte. Ahora solucionaba sus problemas con un trago y, cuando ese trago le parecía inútil, se tomaba otro. Encontró una solución inmediata y poco dolorosa a sus problemas: la ginebra. Pensar exigía esfuerzo y no pensar, vivir en el monte, era cansado y arriesgado; la ginebra era fácil y estaba al alcance de cualquier mano que aún pudiera distinguir entre el vaso y la barra del bar.

Así pasó largo tiempo la vida de Scott: entre la casa de sus padres y el bar. Perdió amigos, dejó la universidad y su estado de salud era... sin eufemismos, asqueroso. Es posible que os estéis preguntando de dónde sacaba Scott el dinero para afrontar tal empresa; imaginaos lo peor y aún os quedaréis cortos.

La vida de Scott habría acabado en ese antro si no llega a ser por un pequeño altercado que se produjo una tarde en el monótono bar. Scott estaba sentado en la esquina del revistero, como siempre, mirando impasiblemente la ginebra fresca en su vaso. En ese momento entró alguien aún más borracho que él y, camino del lavabo, tropezó con el taburete de Scott; los dos cayeron hacia el mugriento suelo, el revistero se vino abajo y el vaso de ginebra se estrelló contra las baldosas. El borracho murmuró algo y el camarero vino a ayudarlos, pero Scott se quedó pasmado en
el suelo. No apartaba la vista de una revista abierta y mojada de ginebra. El camarero pensó que estaba inconsciente y decidió dejarlo allí, no quería problemas con la policía cuando aún quedaba mucho para cerrar el bar. Scott miró fijamente aquella revista, en ella aparecía una foto de las montañas y valles que él frecuentaba en sus constantes vueltas a la vida; por la mente de Scott pasaron sus años de juventud, sus idas y venidas entre la razón y la experiencia... y se sintió muerto. Se miró a si mismo en el reflejo de la barra metálica del bar... no había diferencia entre él y cualquier cadáver del cementerio. Se levantó como pudo, dejó la cartera en la barra con todo el poco dinero que había en ella, y se dirigió tambaleante hacia su casa.

Hizo la mochila aún borracho y recopiló todas las botellas de ginebra que habían en su habitación. Bajó las escaleras apoyando todo su peso en el pasamanos. Salió a la calle y la luz que atravesaba las lluviosas nubes le cegó, con la mente decidida y con el paso torpe llegó a un callejón solitario y frío. Sacó la reserva de ginebra de su mochila y estampó cada botella contra la húmeda y mohosa tapia con un grito de "¡Adiós vieja amiga!". Cada grito tomaba más conciencia del tiempo pasado junto al revistero y a cada grito le seguía un sollozo que buscaba el siguiente casco de ginebra que iba a ser más rabiosamente mutilado que el anterior. Cuando terminó se llevó las manos a su cara y, de entre los dedos, salieron dolorosas lágrimas; quiso otro trago para calmar su angustia, pero sabía que la vida exenta de dolor es una vida moribunda, una vida bañada entre ginebra es una vida amargamente edulcorada, es una vida análoga a la muerte misma. Se puso la mochila a la espalda y sus pies pusieron rumbo hacia el monte, hacia la vida.

lunes, 26 de octubre de 2009

Cereales con leche

Esta mañana he desayunado cereales con leche. Al lado estaba mi padre, también estaba degustando cereales humedecidos en leche. He decidido poner algún sonido diferente para acompañar los crujidos y los sorbos de leche, estoy un poco harto de levantarme con las noticias de nuestro mundo. He puesto música tibetana, Nawang Khechog. Cuando ha comenzado a sonar mi padre no paraba de decir: "¿Pero que es esto?", "Que música mas aburrida" y la ristra de comentarios por el estilo que os podéis imaginar. Yo me estaba descojonando, parecíamos dos monjes de Lhasa invadidos por los productos alimenticios de Occidente.
Cuando rebañábamos los cuencos de cereales, ya pastosos, mi padre ha soltado la guinda: "Me pone nervioso esta música". Yo, interiormente, no podía parar de reírme y, al final, he soltado el típico comentario que soltaría un snob asqueroso con ganas de hacer de sus palabras un auto-onanismo: "Esta música permite que pienses en ti, las noticias te hacen olvidarte de ti mismo; por eso te pone nervioso"



En mi imaginación no podía caber ni un gramo más de alocada locura... me imaginaba un grupo de monjes tocando música tibetana, en su monasterio de Lhasa. De repente, un monje se levantaría con su té de mantequilla y se lo tiraría a los músicos, destrozando sus tambores y sus largos cuernos, mientras gritaba: ¡Parad esa mierda! ¡Me pone nervioso!. Al otro lado de la mesa, se encontraría un monje atípico: fumaría un cigarrillo de liar, liado con maquinilla; llevaría ropa pseudo-snob de cualquier tienda de ropa que imitara a la perfección la ropa que llevarían sus ídolos; a su vez, sostendría en sus manos un libro: "Cómo dar consejos para parecer atractivo, interesante y culto", estaría leyendo el capítulo 5, "Cómo acallar, muy educadamente, la ira de un sujeto para parecer culto, sereno y atractivo a una tercera persona". De esta guisa, el monje atípico leería en voz alta su capítulo para acallar aparentemente la ira de su amigo exhaltado, intentando llegar a los oídos de los músicos, a ver si podía persuadir a alguien con sus solemnes palabras y pasar una noche juntos, para "conocerse".

Mientras todo esto volaba en mi imaginación, me costaba tragar los cereales que quedaban, pues la risa estaba a flor de piel. La música tibetana aún seguía sonando. Mi padre no entendía muy bien la proferencia snob que había salido de mi boca; sinceramente, yo tampoco la entiendo ni la comparto, la he lanzado por augmentar el estado de comicidad en que se veía envuelta la cocina. Eso sí, mi padre se ha tomado en serio mi broma snob y me ha lanzado un: "Los filósofos deberían hacerse entender a las masas, deberían llegar al pueblo"


No han sido pocas las veces que he estado en total acuerdo con la afirmación de mi padre; pero cabe matizar esa afirmación. En la antigua Grecia era el conferenciante quien debía potenciar su naturaleza para llegar a entender los pensamientos que se forjaban en el diálogo y así, llegar a entender las ideas establecidas.
No es lo mismo un pensamiento que una idea, un pensamiento discurre, se dialoga, se cambia, se vuelve a reformular; una idea se da a través del pensamiento, pero la idea es estática, hija de su tiempo, hija de su propio contexto del que no puede escapar pues, sin él, no existe. Sé que éste es un apunte anacrónico, leído desde nuestro tiempo: en la antigua Grecia, decir que una idea era hija de su contexto, que hacía abstracción de lo universal (p. ej. la idea de "belleza" en el medievo y la idea de "belleza" en la actualidad) era impensable; pues las ideas eran algo universal y estático, el mundo se regía por ellas. El cambio y el devenir se hacían con arreglo a lo ideal, a lo universal, a la idea; el mal cambio o el devenir inesperado eran una mala imitación del ideal. Hoy en día solemos pensar que hay ideas estáticas (ideas abstractas, que se abstraen del contexto universal de la historia) e ideas en devenir (ideas que fluyen con el devenir de la historia, que se entienden a través de su reconciliación con sus antepasados, incluyéndolos y no destruyéndolos). El primer tipo de ideas pertenecen a lo que vulgarmente entendemos por "idea" y el segundo a lo que solemos llamar "pensamiento". Y, evidentemente, esta forma de diferenciar entre pensamiento e idea es una amalgama rara teñida por el paradigma hegeliano que, tarde o temprano, será substituido por cualquier otro; si no lo ha sido ya. En consecuencia:
ESTO HA SIDO UNA IDA DE OLLA, NO HAGÁIS CASO DE LO QUE HE INTENTADO EXPLICAR EN ESTE APUNTE.
Estábamos diciendo que en la antigua Grecia era el conferenciante el que intentaba llegar hasta el nivel del maestro que se expresaba, siempre teniendo en cuenta los límites de su propia naturaleza. Hoy en día, es el maestro quien debe rebajar la exigencia de su pensamiento para hacer compresible la lección al conferenciante. Esto puede entenderse en ámbitos didácticos primarios; es evidente que la divulgación es necesaria. Eso si, se están confundiendo los frutos caídos del árbol con el árbol mismo: la divulgación está suplantando al mismo estudio que la permite. Es como hacer una casa empezando por el tejado... ya sabemos lo que pasa, que se va a la mierda.
No podemos pretender, en el siglo XXI, volver a ser cómo los griegos; esto es imposible por dos motivos:
  1. Porque nuestro contexto lo impide
  2. Porque jamás sabremos cómo fue aquél pueblo. Siempre que estudiamos algo lo hacemos desde nuestro contexto, no podemos jugar a ser Dios. No podemos deshacernos de nuestro contexto, el lenguaje de nuestro tiempo siempre influenciará el estudio histórico. El estudio de la historia conlleva una contradicción: exige claridad y veracidad desde una perspectiva totalmente diferente a la estudiada.
Entonces, si somos hijos de nuestro tiempo, y nuestro tiempo quiere edulcorantes, necesita opiáceos, prefiere la divulgación facilona antes que el estudio sufrido. Si la sociedad no desea romperse los sesos, si quiere despreciar el dolor, si quiere rehuir el sufrimiento, si quiere aceptar la amargura con la ayuda de los edulcorantes, en vez de sacar algo en claro de dicha amargura... entonces la divulgación, la aparente claridad de lo complicado, acabará por comerse a su propio padre: el sufrido estudio. ¿Cómo lograr una salida a tal escollo? ¿Cómo compatibilizar educación, divulgación e investigación?


Nos vamos a permitir parafrasear a Jesús, sacarle de su contexto, va contra mi ideal de lo intelectualmente correcto, pero nos irá muy bien para aclarar la cuestión. Es posible que las palabras del ungido nos aporten un poco de luz al problema:
Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios
Luc., XX, 25
En este contexto, esta frase nos puede ser útil: la exigencia intelectual debe ir en acuerdo con el contexto en el que se expresa. La educación, la divulgación y la investigación precisan de diferentes medios, esfuerzos y exigencias. El filósofo debe ser claro y, por mucho que a Sócrates le pese, en nuestro contexto histórico esto significa que el filósofo debe adaptar su discurso según el tipo de audiencia que tenga. Eso si, el filósofo, ni que sea como una disculpa a Sócrates, debe exigir el esfuerzo del conferenciante para entender lo que se explica; es el esfuerzo el que transforma, el que nos hace estar vivos, los edulcorantes son placenteros pero matan.


Al final, pobre Sócrates y pobre Platón, ha acabado venciendo el "demos". El pueblo se ha impuesto y ha obligado a la filosofía a dilucidarse entre los conceptos abstractos del mismo "demos", surgiendo patrañas como la autoayuda y las CIENCIAS sociales.
No soy muy amigo de los extremos, no deseo ni una élite filosófica que nada tenga que ver con el mundo que pisa, ni una vulgar imitación de la filosofía vendida a 1€ en los kioskos. Prefiero quedarme con lo apuntado arriba: hoy en día el filósofo debe adaptar su exigencia según el tipo de conferenciante con el que se encuentre. El filósofo está llamado a ser una persona líquida, en devenir, cambiante: intelectual en conversas de café y alocadamente psicodélico en una rave. Como diría el viejo Bruce: be water my friend