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martes, 11 de mayo de 2010

Madre, en serio, lo estoy intentando

Tenía una foto de ella en la primera página de su lista de tareas. Durante años la había guardado en su cartera. El paso del tiempo y el olvido habían dado un toque amarillento al satinado papel. Ella sonreía. La foto debería ser de poco antes o poco después del comienzo de lo que, él no podía verlo de otra manera, era un soberano desastre. Ella aún conservaba su madura belleza en aquél retrato: su tez bronceada y sus mejillas surcadas por aquélla arruga que, cual meridiano, daba fe de la sonrisa tras la que guardaba una vida llena de dolor, sumisión y desprecio. Tenía el mentón demasiado pegado al pecho y sus ojos trataban de luchar contra la timidez, alzando la mirada con un gracioso arqueo de sus cejas. Una mujer, una vida. ¿Inocencia? Uno debía tener el corazón demasiado metálico como para extraer algún ápice de inocencia de aquél arrugado papel. El desprecio, unido a la gran capacidad para soportar el sufrimiento de aquella mujer, la habían lanzado hacia lo que, él insistía, un fatal desatino. Él no podía entenderlo, pero asentía: su agonía era una catarsis, una purga destinada a eliminar todas las dudas que, por aquí y por allá, todo el mundo había puesto en sus capacidades. Seguramente muchos se estarían aprovechando, como durante toda su vida, de aquella heroica purificación. Seguro. Lo había hablado demasiadas veces con ella. No había solución. Era su programa de vida: alcanzar el honor desde el desprecio. Algo que, aunque él pensaba que tenía una buena vida, jamás había logrado construir. Aquella mujer con su deteriorado cuerpecito, guardaba en su sino una fuerza que a él le parecía inalcanzable: el orgullo. Aquél pundonor que, por el sometimiento a juicio con el que hostigaba constantemente sus despertares, se tornaba en inalcanzable; él se veía inmerso en un halo de escepticismo y relativismo, mientras ella se levantaba día tras día con la convicción inquebrantable de su proyecto vital: honor y gloria. Él, que estudiaba a los clásicos, era un desquiciado moderno, cuestionando incansablemente su quehacer, sin lograr alcanzar nada. Ella, que dormía pensando en combinaciones de ingredientes y pasaba el día entre ollas y paellas, encarnaba fielmente la figura del héroe clásico. Ella y su envejecida pose. Cuánto había cambiado ella... su sueño de gloria la había llevado a una vejez prematura, lejana de aquella madura juventud que colmaba la fotografía que él sostenía entre sus manos. Miraba la lista de tareas y todo le parecía vano e inservible: lecturas de autores modernos que charlaban sobre la apariencia, medievalistas que ahogaban sus penas en discusiones sobre los universales... giraba la vista y allí encontraba los libros de London, de orientación, de alpinismo, de Mann, de supervivencia, de Homero, de aventura y de viajes a los confines de las antípodas. ¿Qué hago yo aquí? Se preguntaba. ¿Era su madre más consecuente que él con su proyecto de vida? ¿Qué hacía él estudiando todos aquellos tomos de filosofía cuando soñaba con retozarse entre los frescos picos de las montañas? Observando el raudo cabalgar de las nubes entre los collados, inhalando el aire necesario para dar el siguiente paso y tumbándose en los verdes prados mientras observaba aquellos picos que alcanzaría al amanecer. ¿Qué cojones hacía él allí?

Y, sin embargo, sabía que debía acabar con lo que había empezado. Era la lección que su madre, en las excursiones hacia los altos picos del Pirineo y en su quehacer diario entre su proyecto vital, le había inculcado. En la montaña, lo que uno no acaba, queda irremediablemente brindado a la voluntad de las cordilleras: a sus ríos, a sus vientos, a sus largas noches y a sus inevitables cambios de humor. Exactamente lo mismo sucedía en la vida entre el cemento. Sujetaba la fotografía de su madre con fuerza. Miró el listín de tareas y se imaginó a su madre que, mientras él se decidía diariamente entre la acción y la pasividad, en ese preciso instante ella debería estar sudando entre las idas y venidas en una cocina demasiado pequeña para su fuerza y creatividad. Y él, allí. Parado. Frente al vivo retrato de la convicción, el temple y el trabajo. Sin, duda amigos íntimos del honor y el éxito. Decidió aparcar sus sueños en las cumbres y se puso a acabar de una puta vez lo que había empezado, aquella pesada cadena que le dejaba preso entre el cemento.

lunes, 10 de mayo de 2010

Un buen νόστος [Un buen regreso]

He hecho una especie de relato, una amalgama entre mis días de hospital, la cercanía de Θάνατος, la muerte, y cuatro cosillas más. Quien lo quiera leer, lo puede encontrar aquí. Es un enlace a Google Docs.


Música que me ha acompañado:

Explosions in the Sky, "The Earth is not a cold death place" (el disco entero)


Love of Lesbian, "Segundo Asalto"

domingo, 2 de mayo de 2010

Taciturnidad dominical y clásicos en vena

Supongo que el brillo que abraza a nuestros ojos cuando un clásico nos sorprende no es un hecho baladí. Es allí, en aquellas líneas que volvemos a releer, donde se plasma con arquitectónicas concatenaciones de vocablos aquello que ansiábamos transmitir y que, a pesar de nuestro esfuerzo, sólo lográbamos proferir con algún sonido gutural ante aquél doloroso e inefable: "¿Qué te pasa?"

Es posible que ya esté todo dicho, es posible que sólo se trate de saber dónde y cómo se ha dicho. Cuando por fortuna o recomendación, nuestras yemas logran despertar de su polvoriento letargo aquella página, como si de una marioneta se tratase, la disecada tinta vuelve a la vida. Marioneta? Sin duda. Pero, ¿quién mueve los hilos? ¿El autor o el lector? Alego mi derecho dominical a dejar las preguntas retóricas en su misma esencia: con una camaleónica respuesta que es pregunta, con una carnavalesca respuesta que se cree pregunta.
La letra adormecida entre los mantos de papel de aquello a lo que llaman libro depende, como las inertes marionetas, de los dedos interesados y volátiles del hombre que las devuelve a la vida. Y con estas dos líneas acabo de verter mi aliento hacia el lecho rocoso, cosas de humanos.

Esta taciturnidad de domingo quizá me ha llevado demasiado lejos: la gracia del funambulista es hacer equilibrios entre la vida y la muerte, las preguntas y las respuestas, la contención y el desbordamiento... una sola decisión entre ambas, una sola preferencia, y el funambulista cae irremediablemente hacia el vacío que, inexplicablemente, acaba en un valle lleno de roca y arena.

Los caracteres tipográficos esperan ávidamente su desvelo, aquella mano que les permita volver a respirar. El autor encerró cada letra en una extensión de una homogénea y artificial rugosidad, las palabras fueron privadas del aliento y de su hogar: la humedad propia de los confines más septentrionales del ser humano.

El goce de lograr encontrar mejores preguntas -las respuestas son propias de la dogmática algo que difícilmente casa con la supuesta ambigüedad de la literatura- está construido encima del sufrimiento de la letra. Aquí no hay lugar para los eufemismos: la vida es una jodida crueldad. El autor encierra su creatividad, hija primogénita de la libertad, entre el yermo espacio que separa a cada página, manchada con el arma homicida: la tinta. La íntima y ocultada propiedad de la vida, el padecimiento, queda reflejada en ese encarcelamiento de lo oral en las jaulas de lo escrito. Y, gracias a este acto de vileza tipográfica, el hombre puede disfrutar, en calmada lectura dominical de aquello que en otro tiempo discurría inevitablemente entre el contacto entre humanos. Palabra escrita, diálogo textual... un compendio de contradicciones, un oxímoron, sin más. De la charla animada del ágora a la hiriente soledad en una oscura buhardilla de una ciudad de cemento, sosteniendo un libro que pretende trocar la voz solemne del autor por una extraña voz que resuena en las cavernas de mi cráneo.

Lamentablemente, no puedo tomar un buen vaso de vino con Heródoto, ni con London, ni Hesse, ni Thoreau, ni con Kerouac... no puedo charlar alocadamente con esos grandes viajeros, ni puedo invitarlos a una copa de buena ginebra, hasta vaciar la billetera de papel, hasta caer redondos en el suelo... y reír y llorar abrazados entre helados lamparones de alcohol. No puedo. He aquí el verdugo que se esconde tras cada escritor, un verdugo que no es más que un pequeño suicida: mata la letra, matándose a sí mismo, para poder dialogar con un porvenir que ansía hacer eterno, para poder plasmar lo que ha vivido, recorrido y sentido. Sobretodo, sentido.
Debemos dar las gracias por tremenda salvajada, más allá de que el diálogo a través del texto sea una colosal contradicción, el exterminio de lo oral posibilita un contacto cuasi cósmico: entre vivos y muertos. Y así se completa y se respeta el ciclo de la existencia: vida sobre muerte, diálogo entre moribundos; un placer en el dolor que no es masoquismo, sino un lúcido y consecuente realismo.

Jugueteando con el sempiterno girar del reloj, mis ojos hoy han pasado entre letra muerta, y he podido sentir como la tinta me abrazaba con un cariñoso júbilo en su despertar. Un tierno enlace que preparaba las más amargas vueltas en ese reloj que, como era de esperar , coincidían con el ocaso.
El curioso viajero de Halicarnaso ha logrado abrir en canal lo que ya sabía de antemano para mostrarme mis fétidas vísceras bajo una nueva luz: que somos lo que hacemos; en otras palabras, que somos lo que hemos hecho. Una aseveración propia de una sociedad regida bajo un tiempo cíclico, donde el futuro no importa tanto como el pasado, donde el pasado conforma el presente y es la materia prima con la que se construye un futuro. Un futuro que ya viene construido de antemano, por un pasado anegado de esforzado sudor.

En efecto, una aseveración bien distinta de aquella en la que se dice que somos lo que proyectamos, una definición más propia de las sociedades con un tiempo marcado por la linealidad de los acontecimientos, donde importa más lo que se encontrará en el siguiente páramo que no lo que se encontró en aquél valle, ya dejado atrás hace tiempo. Algo propio del nomadismo.

A mi estómago y a mi nos parece más apetecible, aunque más dolorosa, la opción de Heródoto que, al fin y al cabo, es la opción del griego clásico. Si somos lo que hemos hecho, si nuestra esencia es inseparable de nuestra vetusta existencia, ¿qué ocurre con la esperanza? ¿Qué podemos esperar del futuro? Traicionando a Heródoto y a sus congéneres voy a prescindir, por antojo dominical, de la figura del destino. Dicho esto, cabe decir que en el futuro no hallaremos nada nuevo que no hayamos sufrido, sudado y engendrado en el pasado. La esperanza de Heródoto es una proyección hacia delante, hacia el futuro, pero con la inestimable carga de las acciones pasadas. Un carácter suficientemente lejano de aquella esperanza del nomadismo judaico que vertebra todo el semitismo y su esperanza mesiánica. De hecho, los judíos se empiezan a interesar por sus hechos pasados cuando entran en contacto con la koiné, con la lengua que vertebra todo el helenismo y con su, tan característico, presente resultativo: soy, por el resultado de mis acciones en el pasado.

Y ahora viene la sangre, cuando el cariñoso abrazo tipográfico se torna en yugo. Absteniéndonos de la figura del destino hemos caído en las garras de la responsabilidad: el destino era la figura que utilizaban los griegos para eludir, con increíble belleza, las martilleantes preguntas que afectan a todo actuar humano. Si la situación presente era ahogante, siempre podían recurrir a la salida del destino y los designios divinos; apartándolos, nos encontramos con que, dicho ahogo, es nuestra responsabilidad, es decir -muy semíticamente-, es culpa nuestra.

Más allá de que esta taciturnidad, esta asfixiante calor, pueda ser culpa mía, se levanta entre la obstrucción de mi garganta una lápida que reza: "Eres lo que has hecho". Es la responsabilidad que golpea mi sien y que me recuerda que cada día es un paso más hacia la construcción de aquello a lo que llaman ser, que cada hora que pasa es una hora menos de existencia, una columna menos en este imponente proyecto arquitectónico con fecha de caducidad y entrega: la vida.

NACHO VEGAS, "LAS INMENSAS PREGUNTAS" --> http://www.youtube.com/watch?v=FIcek86Tq9Y

miércoles, 27 de enero de 2010

La profunda desazón que habita en el pecho.

Se levantó y no la encontró. Llevaba años buscándola. Cuando se rindió, algo se movió en el bolsillo de su pantalón. Contestó.

- ¿Si?
- Tengo una mala noticia.
- ¿Quién coño eres?
- La que buscas.
- ¿Dónde te metes? ¡Llevo años buscándote!
- No te lo puedo decir. Los dos sabemos que, cuando me encuentres, me matarás.
- Evidentemente.

Él sabía que, si seguía así, no lograría hacer volver a aquello que hacía tiempo andaba buscando.

- Mira... llevo tiempo intentando acabar contigo y no lo he conseguido... supongo que podemos plantearnos comenzar de cero.
- A mí no me engañas. Yo me alimento de ti, no puedo vivir sin tu agónica búsqueda de mi misma. Cada día que pasas buscándome y ahogándote en lágrimas con tu sábana... me hace más fuerte. Yo crezco con tu desazón. Tu sin mi puedes continuar viviendo esa vida que no sabes si vivir, yo, sin ti, muero.
- Esto ha llegado demasiado lejos... ya se han dado casos, ¿sabes? Hay mucha gente que convive con los de tu calaña; incluso, familiares tuyos han infundido soplos de creatividad a pensadores y artistas, han podido convivir juntos. ¿Por qué tu y yo no podemos hacerlo?
- Se necesita demasiada templanza y capacidad de sufrimiento por tu parte; si no me controlas puedo acabar matándote y yo... yo moriría contigo.
- Yo siempre he sido demasiado débil... si no... ya haría tiempo que habría acabado contigo.
- Lo sé.
- Demasiado débil para soportar ese dolor innombrable, jamás te he podido definir... contigo he encontrado los límites del lenguaje... no hay palabras para expresar a través de mi boca el dolor que siento en mi pecho y en mi garganta. Yo ya no puedo más.
- No podrás hacerlo, jamás tuviste la suficiente [...]

La conversación se cortó de repente. La gente que pasaba por la calle al principio se apartó. De entre los peatones, destacaron los más valientes o fanfarrones, que empezaron a acercarse. Alguno llamó a la ambulancia. Otros, a sabiendas de que los milagros eran cosa de cuentos, llamaron a la policía. Ocupó una pequeña columna en el periódico del día siguiente.

No tuvo otra elección. Su vida con ella hubiera sido imposible. Era débil. No tuvo la suficiente entereza como para mirar al vacío antes de precipitarse hacia lo inevitable: se tapó los ojos. La encontró entre las baldosas del suelo y, entre la sangre, los huesos y las vísceras esparcidas... ella encontró la muerte. La mató, matándose.

[Hoy ha sido un día de mierda, con una buena mierda de noticia al final]


martes, 26 de enero de 2010

"Melancolía nostálgica en el sol de invierno" o "Crónica de un desgarramiento anunciado (a bombo y platillo)"

Suena el despertador. Las 5:30h de la mañana. Salgo a por el tren ataviado con los útiles típicos del estudiante en época de exámenes: libros, apuntes, caramelos, comida preparada, agua y té en botella de plástico. Encaro mis pasos hacia la estación con la fría y húmeda madrugada sobre mí; en el mp3 suena esa canción que me desgarra las entrañas y me las ofrece de almuerzo. Y me pregunto quién escribió esa letra y si estaba pensando en mí cuando la escribió. Cada compás, cada palabra... la he vivido, soportado y llorado.

En el tren he tenido la inmensa suerte de no encontrarme a nadie conocido. Odio que la gente me hable cuando estoy desgranando una canción. Si el llanto no era del todo cercano, el nudo en la garganta cada vez me estrechaba más el paso del ansiado aliento.

Cuando he llegado a la biblioteca, el Sol, en el cambio de turno, aún intercambiaba palabras de cortesía con la Luna. He leído a hombres que hablan sobre Dios y, desgraciadamente, no lo he visto por ninguna parte; y lo he querido encontrar y sólo he hallado las entrañas que engullí en el almuerzo.

He salido a ver el Sol, y el caótico paisaje que iluminaba, desde el techo de la biblioteca; he vuelto a escuchar la canción. No he visto a Dios, he visto a mis podridas entrañas y mi llanto ahogado en la vergüenza; he querido y no he podido.

He gemido de dolor, gemido. No he gritado. El gemido esconde un dolor más profundo que el grito; al grito le quedan fuerzas para la esperanza, el gemido se ahoga en su desazón. El grito se acalla con el llanto, el gemido se desvanece con la muerte. Es el legado vitalicio que nos dejan los contactos sangrientos con nuestros allegados: queridos, heridos e hirientes.

Mañana: sangre. Cómo cada día que el Sol despunta en el horizonte. Ya me lo dijo Job...

Love Of Lesbian & Zahara; "Domingo Astromántico" --> http://www.youtube.com/watch?v=KFRygg5QYXA&feature=related


domingo, 24 de enero de 2010

Algo va a cambiar

Conversación de bar. Ausente. No me encuentro. Decido irme. Música en el mp3 (Love Of Lesbian + Nacho Vegas), tejanos y chaqueta de tela militar. Bufanda. Noche. Calle. Humedad. Un sentimiento de asqueroso vacío y sinsentido se apodera de mí. Sé que no hay sitio. Sé que este no es mi sitio. Mi madre dormida y rota de tanto trabajar. Mañana me levanto a las 6h de la mañana para ir a estudiar y me encanta pues, ahora mismo, es lo único que me confronta conmigo mismo. Lo único en lo que volcar mis ansias de lucha para abrazar el inerte vacío y, evidentemente, acabar abrazándome a mi mismo. No sé adónde me lleva todo esto. Gris. Azul marino. Negro. Verde oliva. A dormir.

Love Of Lesbian, "Allí dónde solíamos gritar" --> http://www.youtube.com/watch?v=bjCjmp_TM6c

jueves, 17 de diciembre de 2009

Manual para la buena presentación de los trabajos académicos

Y después de hacer lo correcto, gastó lo que le quedaba en el bolsillo en un combinado de ginebra refinada con zumo de naranja. Pensó que sería una buena idea ponerse a escribir y, en ese justo instante, se acordó que hacía tiempo había rechazado el alcohol como la musa de su pluma; sabía que lo que le impulsaba a escribir se hallaba delante de sus ojos y que, con ayuda de buena música, sólo con pensar en ello sus dedos se deslizaban rozando cada tecla del magullado ordenador con el ímpetu del desesperanzado paciente.

- No bebas
- Sí mamá...
- No fumes
- Sí mamá...

Ella lo sabía, él lo hacía. Él sabía que ella se preocupaba, ella no tenia tiempo para preocuparse, bastante ocupada estaba ya con su trabajo como para pensar en "pre-".

Y, sin embargo, se preocupaba.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

¡Adiós vieja amiga!

A Scott le encantaba leer, podía pasar tardes enteras inmerso entre las amarillentas hojas de algún libro de filosofía o releyendo viejos relatos de aventuras que ocurrían en la basta estepa ártica.
Scott no era el típico chico enclenque y enfermizo que pasaba los días de su vida encerrado en una biblioteca, no podía leer si su cuerpo no estaba cansado. Sus piernas, sus brazos, sus pulmones y su corazón necesitaban excitarse y estimularse. Era así como acallaba los tercos impulsos de su
cuerpo, era así como dejaba su mente libre y podía entregarse a la lectura.


No era Scott un chico de urbe, aunque vivía en ella. Cuando pasaba demasiado tiempo entre el cemento, entre los coches, entre la filosofía erudita y la literatura intelectualoide, le invadía un hondo sentimiento de vanidad: se veía a si mismo orgulloso de estar viviendo en esa ciudad, orgulloso del cuerpo que estaba consiguiendo y del coche que conducía, orgulloso de entender los fragmentos de Heráclito, orgulloso de leer a los autores más snobs del momento. Cuando se veía enorgulleciéndose de esas cosas tan vanas, tan vacías, tan exentas de vida... se lanzaba a la lectura de Miller, de los relatos inmersos en la pura naturaleza de London, en la vida salvaje de Bukowski. Por sus venas galopaba el nihilismo y cualquier conversación que fuera más allá del sexo, el fútbol o la posibilidad del suicidio, le aborrecía implacablemente.


Este estado caótico e intelectualmente destructivo causaba heridas sangrantes en el alma de Scott; sabia que la cultura estaba recubierta con el velo de las tres parcas. Sabía que el cemento, los coches, la filosofía, la salud y la literatura estaban cubiertos de una podredumbre cadavérica; las construcciones arquitectónicas no podían superar la magnitud de las cumbres, la velocidad del carromato era artificial y exenta del placer que producía avanzar entre la hierba alta en una mañana fresca de verano, la idea de belleza en aquél pensador de la edad media no tenía nada que ver con la experiencia estética que sentía Scott cuando sentaba su cansado trasero en el remanso de un río y miraba las nubes corretear entre las crestas de los cerros, la descripción literaria de cualquier paisaje era, sin lugar a dudas, de una calidad ridículamente inferior a la directa expectación del mismo paisaje. La cultura lo alejaba de la vida; la cultura cercenaba, despreciaba y empobrecía su experiencia. La cultura prefería la razón, Scott prefería la vida.


Esta agonía era solucionada de forma muy sencilla: escapar unos días a reencontrarse con la inmensidad de la naturaleza. Allí Scott saciaba su ansia de vida; recorría valles, dormía en las laderas, se bañaba en los lagos, ascendía a las hermosas cumbres, observaba a los rebecos, pesaba en los ríos, charlaba con los lugareños y observaba sus labores arraigadas a la tierra. De repente, a Scott le entraban unas ganas tremendas de verter su experiencia sobre el papel, de reflejar sus ideas con su pluma. En ese preciso momento Scott volvía a casa, su vuelta a la vida había concluido.

Este periplo, este ir y venir entre la razón y la vida se daba unas tres veces al año en Scott. Sus amigos y su familia lo habían comprendido; muchos lo consideraban como un febril loco pero, quien realmente lo conocía, sabía que Scott necesitaba de este ir y venir para, precisamente, no acabar con sus carnes en el manicomio.
Muchos pensaban que Scott era una especie de bohemio drogado. Nada más lejos de la realidad. Scott sólo bebía agua, café y zumo de naranja; necesitaba estar en plena forma y en salud para sus escapadas hacia la vida. Era un eterno luchador, solucionaba sus problemas con sus propias manos, con su propia mente, con la única ayuda de las substancias creadas por la digestión de alimentos que no intoxicaban ni su razón ni su capacidad de adaptación y experimentación.

Era Scott ante todo un ser racional, en sus etapas de racionalidad, y un ser experimentador, en sus vueltas a la vida. Sorprendentemente, fue en una etapa de raciocinio en la que ocurrió todo. Scott sabía que muy pronto debería preparar la mochila, empezaba a notar que la filosofía era pura palabrería y sabía que el cemento que pisaba era demasiado regular... necesitaba volver a la vida, dónde los caminos son tortuosos e irregulares y la filosofía sólo surge cuando uno ha encendido un buen fuego y sostiene una trucha ensartada en una rama sobre el rabioso crepitar del útil regalo de Prometeo. Pero esa tarde, la ambición experimentadora de Scott le asaltó demasiado temprano: pidió una ginebra con zumo de naranja. Jamás había probado el alcohol, la razón se lo había impedido, sabía que era perjudicial para sus neuronas y su estado de forma; aún así, decidió experimentar en sus propias carnes el efecto de esa combinación.

Scott notó cómo el ardiente combinado bajaba por su garganta. La combinación le pareció asquerosa e insoportable; aún así, empezó a encontrarse bien. Los problemas filosóficos, los problemas familiares y los dilemas morales se desvanecían a cada trago. Pronto notó la maravillosa sensación de la deshinibición y el desarraigo de los problemas, a cada trago sus preocupaciones desaparecían ante un halo de confusión y excitación.

No hace falta decir que Scott no preparó la mochila. Se quedó en la urbe. Antes había solucionado sus problemas con la reflexión y, cuando estos le atormentaban o le parecían inútiles, marchaba al monte. Ahora solucionaba sus problemas con un trago y, cuando ese trago le parecía inútil, se tomaba otro. Encontró una solución inmediata y poco dolorosa a sus problemas: la ginebra. Pensar exigía esfuerzo y no pensar, vivir en el monte, era cansado y arriesgado; la ginebra era fácil y estaba al alcance de cualquier mano que aún pudiera distinguir entre el vaso y la barra del bar.

Así pasó largo tiempo la vida de Scott: entre la casa de sus padres y el bar. Perdió amigos, dejó la universidad y su estado de salud era... sin eufemismos, asqueroso. Es posible que os estéis preguntando de dónde sacaba Scott el dinero para afrontar tal empresa; imaginaos lo peor y aún os quedaréis cortos.

La vida de Scott habría acabado en ese antro si no llega a ser por un pequeño altercado que se produjo una tarde en el monótono bar. Scott estaba sentado en la esquina del revistero, como siempre, mirando impasiblemente la ginebra fresca en su vaso. En ese momento entró alguien aún más borracho que él y, camino del lavabo, tropezó con el taburete de Scott; los dos cayeron hacia el mugriento suelo, el revistero se vino abajo y el vaso de ginebra se estrelló contra las baldosas. El borracho murmuró algo y el camarero vino a ayudarlos, pero Scott se quedó pasmado en
el suelo. No apartaba la vista de una revista abierta y mojada de ginebra. El camarero pensó que estaba inconsciente y decidió dejarlo allí, no quería problemas con la policía cuando aún quedaba mucho para cerrar el bar. Scott miró fijamente aquella revista, en ella aparecía una foto de las montañas y valles que él frecuentaba en sus constantes vueltas a la vida; por la mente de Scott pasaron sus años de juventud, sus idas y venidas entre la razón y la experiencia... y se sintió muerto. Se miró a si mismo en el reflejo de la barra metálica del bar... no había diferencia entre él y cualquier cadáver del cementerio. Se levantó como pudo, dejó la cartera en la barra con todo el poco dinero que había en ella, y se dirigió tambaleante hacia su casa.

Hizo la mochila aún borracho y recopiló todas las botellas de ginebra que habían en su habitación. Bajó las escaleras apoyando todo su peso en el pasamanos. Salió a la calle y la luz que atravesaba las lluviosas nubes le cegó, con la mente decidida y con el paso torpe llegó a un callejón solitario y frío. Sacó la reserva de ginebra de su mochila y estampó cada botella contra la húmeda y mohosa tapia con un grito de "¡Adiós vieja amiga!". Cada grito tomaba más conciencia del tiempo pasado junto al revistero y a cada grito le seguía un sollozo que buscaba el siguiente casco de ginebra que iba a ser más rabiosamente mutilado que el anterior. Cuando terminó se llevó las manos a su cara y, de entre los dedos, salieron dolorosas lágrimas; quiso otro trago para calmar su angustia, pero sabía que la vida exenta de dolor es una vida moribunda, una vida bañada entre ginebra es una vida amargamente edulcorada, es una vida análoga a la muerte misma. Se puso la mochila a la espalda y sus pies pusieron rumbo hacia el monte, hacia la vida.

jueves, 19 de noviembre de 2009

¿Huir o perseguir?

Sólo lo dijo una vez aquello de "correr es de cobardes" y jamás lo volvieron a ver sentado, de hecho, jamás lo volvieron a ver. Ayer me llamó. Me dijo que un día salió a correr y, zancada tras zancada, acabó muy lejos de casa. Llegó tan lejos que hoy trabaja en el departamento de pruebas de una empresa de cintas de correr afincada en la Patagonia. Aún me pregunto cómo se las arregló para cruzar el océano. Quizás fuera el Mesías; que lástima, los judíos hace siglos que lo esperan y al pobre hombre no se le ocurre otra cosa más divina que invertir su profetizada existencia en correr. Y qué va a hacer... Nerón y los romanos hace tiempo que están criando malvas.
En fin una buena canción para correr y para fabricar ataúdes

jueves, 15 de octubre de 2009

Oda a la entrañable lucha de los progenitores

Tienen tuétano, tienen pelo, tienen hambre y tienen sueño. Suelen tener ganas de hacer el amor, ganas de matar y ganas de morir mientras intentan vivir. No tienen miedo a navegar en este mar embravecido, acercándose a los acantilados para poder escuchar el viento abrazando la roca, sabiendo que su navío puede acabar abrazando también las mismas rocas que acojen a ese viento que los estremece. Los encontrarás cantando un bolero parapetados tras una trinchera, fumándose un cigarrillo liado en el descanso de 5 minutos de su extenuante pero tan deseado trabajo. Si paseas por delante de cualquier juzgado, los encontrarás bromeando con sus abogados intentado sacar una mueca risueña a la adversidad... aún cuando saben que se juegan su vida y la de su familia en la proxima sentencia. Los podrás sorprender haciendo la cena a sus cansadas mujeres, tratando de encontrar el amor que les ha sido negado en esa fábrica... con el cruel y frío repicar en la pared de ese reloj que nunca pasa; y ellos se ríen a carcajadas de ese maldito reloj sabiendo que, al volver a casa, tendrán a alguien a quien poder alimentar y acurrucar... mientras él, pobre esclavo de sí mismo, seguirá colgado en la pared, dando vueltas y vueltas a sus horrendos y repetitivos problemas. Los podrás encontrar en la cola del INEM sin perder la sonrisa y esperando la llegada de cualquier ángel con un contrato basura. Ellos no perderán la cabeza en la sala de urgencias, los encontrarás haciendo gala de su humor mientras un practicante les mete una pegajosa sonda por la nariz. Jamás insultarán ni vejarán a un enemigo sino que, al contrario, le darán un enorme abrazo; y el enemigo que antes era tan amigo, no sabrá cómo responder ante tanto respeto.
Ellos son héroes. Y lo mejor es que nunca lo sabrán, mejor así.





jueves, 1 de octubre de 2009

La entrañable visita de las tres parcas

La recibí en mi casa, no pude evitarlo. Yo aún andaba en pijama y mi cabeza quería creer que aún seguía durmiendo... intenté acallarla sorbiendo restos de café de una taza que creía haber perdido. Encontré el café extrañamente amargo, no me sorprendió que estuviera frío pero la amargura obligó a mis labios a dibujar una mueca de rechazo, casi cómica; aun así, mi cabeza agradeció su dosis diaria de amargura.


"La vida es así, un constante ir y venir entre la amargura y el placer. A los humanos os cuesta comprender que la vida es sinónimo de dolor... os empeñáis en creer que la vida es el antónimo perfecto de la muerte, cuando es bien sabido que la armonía está hecha de desarmonía, la concordia de discordia y la paz de guerra"


La miré y sonreí. Supe que era tarde para reaccionar pero era aún pronto para entender. Tuvo la delicadeza de dejarme comprender, de arrancarme a tiras la piel y tener el placer de seguir vivo. Tuve una buena muerte, tuve una buena vida.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Despeñado en el despeño.

Como la roca de Sísifo estoy condenado a intentar alcanzar algo que no llego a entender y, cuando creo que lo voy a lograr, me despeño violentamente hacia los profundos valles... rodando y rebotando, haciéndome pedazos entre los peñascos, sin saber hacia que sombrío y perdido valle se dirige mi cuerpo esta vez..

Estoy condenado a ser responsable de lo que decida hacer o no hacer. Condenado a saber y sentir que sólo soy lo que hago; condenado a entender que, por mucho que me duela, soy responsable de mi caída, de mis heridas y de mi desorientación en el oscuro valle.

Bob Dylan, "Like a Rolling Stone" http://www.youtube.com/watch?v=xO0gSJGJ7Fs

viernes, 25 de septiembre de 2009

24 horas

Hoy, al despertarme, he visto el cielo agonizando y llorando a sus estrellas desaparecidas. He visto hombres decentes despojándose de toda su ocultada humanidad, corriendo hacia su destino fatal. He visto a Miller dando órdenes a un ejército de febriles desamparados, organizando el asalto a una destilería. He visto a reputados presentadores desnudándose en prime time, aullando delante de las cámaras mientras intentaban quitar la tinta de las páginas de sucesos a golpes de pene; que blandían sus inmaculados prepucios y eyaculaban en la Cámara 1 mientras tarareaban Lust for Life. He visto a Gandhi llorando, recordando los maltratos vejatorios de su madre; y gritaba y se ahogaba, mientras daba largos tragos a un repugnante Bloody Mary, cuyo hedor recordaba a los tomates transgénicos de Alaska. He visto a los grandes políticos de mi país seguir el ejemplo de Budd Dwyer en medio del hemiciclo y han dejado todo lleno de una sangre cadavérica, corrupta; el pueblo necesitaba su sangre y, azorados por el aire vampírico, han vuelto a creer. He visto a los animales salvajes destrozando los muros del Zoo trotando, volando, corriendo, nadando como desesperados hasta el sangriento hemiciclo; y, entre gritos, rugidos, aleteos, trompazos, chillidos y zarpazos, la coherencia política ha llegado por vez primera a mi país.
Hoy, antes de acostarme, he visto a mi gran amor; ha vuelto a sonreír. Y he llorado, y he maldecido, y me he maltratado, y me he drogado y, al final, lo he comprendido. La belleza, la coherencia, la política, el amor, la violencia... todo se acerca a una repulsiva perfección cuando yo no me levanto de la cama, cuando no hago nada, cuando no intervengo en nada. Y Dios sabe que lo sé, hoy la he visto y sus labios, su cabello, su cuerpo... me han hecho comprender que, a mi lado, todo se pudre.
Ha sido un día perfecto y aún no he salido de la cama.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Lograr los objetivos

Avanzar sin ningún lugar al que llegar, sin tener claro con que pie dar el siguiente paso... puede llegar a ser estéticamente sugerente, pero es peligroso e inservible para los que no ostentamos la categoría de "genios".
El hombre de a pie, el común de los mortales, necesita lograr objetivos; necesita saber que puede alcanzar lo que ansía, que puede llegar a un punto deseado. El hacer por hacer es un terreno vetado a los "genios" y, de rebote, a los locos. Los genios y los locos pueden alcanzar cierto estado de satisfacción en el caminar constante, en el caminar por caminar, en el puro observar sin llegar a ningún claro en el camino para poder descansar los ya maltrechos pies.
Yo, en su momento, intenté encontrar la felicidad en este caminar constante... pero hoy, me doy cuenta de que no tengo la genialidad necesaria para ello y que, en definitiva, no estoy lo suficientemente loco; hoy, me doy cuenta que un caminar exento de objetivos y de logros conlleva, si uno carece del dandismo o la locura necesaria, a una asfixiante agonía. Conduce a una grieta por la que no entra ni un soplo de aire pero por la que entra, a sus anchas, el terrible sentimiento de la vanidad; y, donde de nuestra triste boca sale la sentencia que marca un nuevo rumbo: "caminar por caminar no lleva a ninguna parte".
"Ya lo sabías" te podrá decir tu madre y, sin embargo, tu pensaste que podrías lograrlo. Pero, amigo mio, no es tan fácil escapar a años de evolución, no es sencillo olvidar nuestra herencia homínida: contenta con cada logro, con cada hembra montada, con cada apetito saciado, con cada cueva habitada... es una herencia que sólo puede ser dejada de lado a través de la locura y la soledad del genio.
He preferido sentarme a mirar como esos genios y locos disfrutan con su eterno caminar a ninguna parte... y los admiro ya que poseen una actitud contraria a todo manual de supervivencia y, aún así, muchos siguen haciendo de su vida una obra de arte lejana al impulso del neolítico. Yo, por mi parte, prefiero contentarme con un caminar pausado y con ciertos descansos, tomando conciencia de los logros y desgracias que acompañan este nuevo caminar.

David Bowie, "Life on Mars?" http://www.youtube.com/watch?v=v--IqqusnNQ

Aceptar la amargura de la vida sin refinerías ni edulcorantes

A pocos lugares se llega sin sudor, dolor y en una consecuente soledad. Sólo hace falta valentía para comenzar a andar y, quizás, sea lo más complicado; pues la indecisión y desorientación que nos mantiene apegados a nuestro entorno suele ser un eufemismo de una cruel y fría cobardía.


jueves, 20 de agosto de 2009

El segundo cuento más corto del mundo

Cuando se levantó, pensó que todo podría cambiar. Esperó a que algo pasara. Cuando se cansó de esperar, fué al barbero para rapar al cero la gran cantidad de cabello que había crecido en su paciente espera.
La cuchilla del rapaz barbero le desveló el engaño: Mahoma nunca había acercado a sí mismo una montaña, era el sufrido profeta quien se hechaba a andar. Fué entonces cuando maldijo, a partes iguales, el refranero popular y su fanática devoción por él.


domingo, 10 de mayo de 2009

El Zumbido




- ¿Cómo estás? –preguntó Amanda, con voz mortecina, mirando las blancas sábanas que cubrían el inmóvil cuerpo de su hermano-

- Ahora que te has decidido a venir, mucho mejor.

- Ya sabes que...

- Lo sé -cortó Víctor, como sabiendo lo que iba a decir-, no hace falta que te excuses conmigo.

 

La entrada de la enfermera interrumpió el reencuentro, llevaba una bandeja con el suministro de cada tarde para Víctor:

- ¿Más para mis úlceras? –le preguntó Víctor, siempre entre la cortesía y la mofa-

- Y para muchas cosas más, ya sabes -respondió risueña la enfermera-

Dejó la bandeja apoyada en la mesita del paciente, deslizó la sábana hasta descubrir la blanquecina barriga de Víctor y se dispuso a pincharle su dosis. Él mismo se dio cuenta de lo inevitable, observó cómo el rostro de su hermana empalidecía:

- ¿Todo bien?

Amanda no respondió, no se había percatado de las múltiples agujas y sangre que reposaban en la bandeja metálica de la enfermera. Pensó que sólo había entrado para tomar constantes a su hermano. Giró su blanquecina cara hacia la pared y, temblorosa, buscó un bote de pastillas entre su desordenado bolso; poco a poco la blancura y el temido zumbido se iban apoderando de ella. Las paredes eran blancas, las cortinas eran blancas, los muebles eran blancos... hasta las arrugadas sábanas que cubrían el inmóvil cuerpo de su hermano, asaltado por multitud de tubos y cables, eran blancas. Al fin encontró el bote que acabaría temporalmente con aquel horror blanquecino, quitó la tapa y alzó el frasco hacia su boca, tirando violentamente la mitad de las blancas pastillas por el suelo. Tragó gran cantidad de aquellas malditas pastillas blanquecinas, hizo una mueca con la boca como intentando mitigar el amargo sabor que había quedado en su garganta. No sabía cuántas había tomado, pero una cosa tenía clara:

- Esta vez no pienso irme Víctor, dile a tu amiga que me avise cuando acabe.

 

Y se dejó caer lentamente hacia el suelo, arrastrando las manos por la pared. La enfermera la incorporó y la sentó en un sofá despedazado.

- Ya esta Amanda, ya se ha ido. ¿Aún le tienes miedo a los hospitales?

No contestó, estaba sumergida en aquel haraposo sofá.

- ¿Amanda? ¿Estás bien? ¡Amanda!

 

A Víctor le recorrió un escalofrío por el único lugar donde aún sentía, del cuello para arriba. Quizá la enfermera no le habría dado importancia a la feroz ingesta de pastillas, y simplemente la había dejado allí sentada con algún infarto en algún órgano, o con cualquier efecto secundario de aquella condenada medicación. Empezó a gritar a la enfermera, maldiciéndola por no haber atendido como se debía a su hermana. Hasta empezó a maldecirse a sí mismo por estar tan acostumbrado a presenciar los desmayos de su hermana.

 

Amanda levantó levemente la cabeza, molesta por los gritos de su hermano:

- Víctor... cuando aprenderás a calmarte... he hablado con la enfermera antes de entrar en la habitación, le he hecho jurar que no me llevara fuera de la habitación. Hoy pienso quedarme.

- Pensaba que...

- No pienses eso -interrumpió Amanda, sabiendo lo que Víctor imaginaba-

- Gracias por venir, sé que...

- Eres mi hermano Víctor, no puedes moverte. Alguien tiene que venir a ayudarte, digan lo que me digan los psiquiatras y los psicólogos -volvió a interrumpir Amanda-

- ¿Que te dicen?

- Cada vez me dicen menos y me dan más pastillas aún. Más botes con más pastillas blancas.

- Amanda, deberías hacerme caso. Sé que no quieres hablar del tema, pero lo mejor que puedes hacer con tus miedos es afrontarlos. Hoy lo estás haciendo muy bien. Estoy asombrado -Víctor sabía que él mismo estaba asustado, pero se lo escondía a su hermana-, sé lo mucho que te ha costado estar más de un minuto en esta habitación. Es la primera vez que no tendrás que salir de aquí en brazos de enfermeras. ¿Ves cómo podías superarlo?

- Lo sé Víctor, pero todo esto se me hace tan grande… se me come el mundo. Si no fuera por estas pastillas...

- Te equivocas. Yo se que eres capaz de salir a la calle sin ese maldito bote, lo sé. Sé que puedes ir a todos esos sitios que salen en las fotos de casa sin la compañía de ese asqueroso frasco.

- Para ya Víctor, sabes que nunca me ha gustado viajar. No soy como tú, yo me contento con mirar tus fotos. No puedo salir fuera, ya sé cómo es el mundo… me lo han enseñado esas fotografías.

- Amanda, yo se que tu siempre has tenido más ganas que yo de viajar. Yo viajaba para ser tus ojos ante el mundo, viajaba para...

- ¡Víctor! -se interpuso Amanda- ¡Que no me gusta viajar! ¡Me ahoga el mundo, me da miedo la gente, no hay aire en la inmensidad! ¡Necesito mi casa, mi sillón, mis pastillas!

- Y entonces, ¿por qué no dejas ya de mirar tantas fotos? ¿Por qué registras siempre mis fotografías de viaje?

- ¡Pero qué dices! ¡Si desde el accidente nadie entra en tu habitación!

Víctor se quedó helado, pasaron fugazmente sus siete años postrado en una cama por delante de él.

- Siete años Amanda...

- Perdona, me he puesto nerviosa.

- Mira, no intentes engañarte. Tu novio me ha dicho que te pasas las tardes en mi habitación... mirando mis fotos en África, en Argentina, las fotos del Pirineo, las de Alaska, las del Gobi, las del Tíbet, las de la 66 por Norteamérica... todos esos paisajes que yo fotografiaba para ti. Siempre he sabido que te hubiera gustado estar a mi lado en esos viajes. Mis pies han pisado tanto Amanda... ¡y ahora están entumecidos en esta mierda de hospital!

- Basta ya Víctor...

 

Él calló, sabiendo que era inútil convencer a su hermana de ese modo. Un zumbido recorrió su cabeza, el silencio se apoderó de la habitación, y el se mantuvo gracias al latir mecánico del monitor de Víctor. Al compás del silencio, la habitación empalideció, dejándose llevar por el vaivén soporífero de todo cuanto cabía en aquél blanco habitáculo. Un zumbido más fulminó el pensar de él, rompiendo al unísono el aletargado silencio. La habitación olvidó lejanos países, abandonó el recuerdo de grandes viajes, dejó de lado los álbumes de fotos; a su vez se llenó de tierna banalidad, de hermosa contingencia.

- ¿Te has dado cuenta de lo rápido que me crece el pelo? -dijo Víctor, mutilando el tozudo repicar del monitor-

- ¿Cómo? -se sorprendió Amanda, tan asustada por el repentino despertar de la taciturna habitación como por la inútil pregunta de su hermano-

- Nada, déjalo, era por decir algo.

 

Un nuevo halo de silencio se apoderó de los dos hermanos, hipnotizados por el latir amplificado de Víctor en el monitor. Amanda miró el reloj, llevaba seis horas delante de su hermano.

- Debería marcharme Víctor, mañana volveré. Al fin lo he conseguido.

- Lo sé Amanda.

 

Ella acarició el pelo de su hermano, le besó en la frente y se quedó mirándole un buen rato sentada en el borde de la cama. Movió los labios tímidamente, intentando sonreír. No sabía si su boca había podido dibujar aquella sonrisa, se levantó y caminó hacia la puerta. Sus pasos eran inseguros y sus manos tanteaban el camino, intentando buscar algo a lo que asirse. En la puerta, no pudo girarse a su hermano para intentar sonreírle de nuevo. Amanda sabía que, si se giraba, podría caer al suelo; Víctor la vio salir, vio como la luz del pasillo cegaba sus medicados ojos, vio como tanteaba el espacio encontrando el antebrazo de la enfermera.

Su hermana desapareció en la fluorescente luz de aquél inexplorado pasillo. Víctor se quedó mirando la puerta, un nuevo zumbido en la sien le recordó su constante latir mecánico; haciéndolo, esta vez, mucho más evidente e insoportable. Supo que algo debía cambiar.

 

El novio de Amanda esperaba en la puerta, sabía que no debía hablar. Únicamente la abrazó y la sentó en el coche. Mientras volvían a casa, a Amanda le asaltó la terrible sensación de que, quizás, se estaba engañando a sí misma; pero, como hacía con muchas otras cosas, dejó esa idea para otro momento.

- Abre la ventana, quiero oír el ruido de la tarde para no escucharme -le pidió Amanda a su novio-

Él bajó las dos ventanas y miró a Amanda, una mirada que se debatía entre el cariño y la compasión. Cuando llegaron al portal, él decidió darle un voto de confianza, quizá la protegía demasiado:

- Ves subiendo Amanda, voy a buscar sitio para aparcar

 

Amanda seguía sin hablar ni moverse, miró a la calle. Sólo le separaban una acera y dos pisos hasta la seguridad de su casa; un lugar lejos de la gente, el bullicio, el peligro…

- Sé que puedes -él no lo tenía tan claro, pero sabía que había llegado el momento en el que Amanda afrontaría sus miedos-

Al fin, Amanda cruzó la acera ante la atenta mirada de su compañero. Empezó a creer que podría lograrlo. Antes de llegar a alcanzar la puerta, decidió girarse para dedicarle una sonrisa a su novio; de repente, se dio cuenta de que estaba en la calle, sola. La distancia entre la hostil inmensidad del mundo y la tranquilidad se su habitación era insalvable. Parecía que el oxígeno se perdía en el vasto universo, y no encontraba nada donde sujetar su, cada vez más pesado, cuerpo. Él quería ayudarle, quería salir corriendo y levantarla; pero debía confiar en ella, Amanda necesitaba saber que podía hacerlo.

Ella sabía que si abría la puerta, tendría medio trabajo hecho. Intentó respirar el poco aire que le quedaba alrededor, giró su tembloroso cuerpo hacia la puerta y logró dar un paso hacia ella.

Una vez dentro todo parecía más fácil, aunque el pasamanos no guardaba la misma nitidez y regularidad que cuando subía acompañada. Las escaleras también le parecieron la obra de algún macabro arquitecto.

 

Todo cambió cuando abrió la puerta del piso. Se encontró, como de costumbre, con las persianas bajadas; intentaba que la oscuridad y la luz artificial la aislaran del mundo exterior. Fue hasta su habitación, en plena oscuridad, y se sentó en la cama.

- Es un día extraño, sólo es eso -pensó para sí misma-

Intentaba olvidar que su habitación no le ofrecía la seguridad que tanto ansiaba, ya no lo veía todo tan claro en la oscuridad. Saltó de la cama y subió ferozmente la persiana, como intentando abastecer de oxígeno la habitación, como intentando arrancar de raíz la ansiedad. La luz cubrió toda la habitación. Vio la calle, la lluvia, los coches, las personas, el asfalto… y, a lo lejos, divisó las montañas por donde Víctor solía ir a correr. Empezó a sentir que había algo claro en la claridad, pero un zumbido repentino le amputó el bienestar de los tenues rayos de luz; pensó en su hermano, en la falta de aire, las fotos, en Alaska, en los Pirineos, en aquellos montes lejanos, en la lluvia, en la enfermera, en las pastillas, en las escaleras, en África…

Otro zumbido le asestó un mazazo en la impenetrabilidad de su miedo; sintió que se estaba engañando a sí misma. Bajó ferozmente la persiana, oscureciendo repentinamente todo el piso, y corrió hacia la televisión, la radio, la mini-cadena… lo encendió todo y lo puso a todo volumen. Corrió hacia su cama y se puso a gritar, sólo quería oír, no quería escuchar; no quería escucharse.

 

Su compañero escuchó todo el ruido por la escalera, se encontró la puerta del piso abierta. Acostumbrado, cerró la puerta, se dirigió hacia la cocina y preparó algo para cenar; sabía que Amanda ahora sólo quería oír. Cuando acabó de cocinar, fue apagando la tele, la radio, la música… agarró a Amanda en brazos, la sentó en el sofá, se abrazaron y cenaron sin mediar palabra.

Amanda casi no cenó, se limitó a sorber un poco de sopa. Su novio le puso la medicación en la boca y la acostó en la cama.

 

Él salió al balcón, se encendió un cigarro, y miró hacia todo lo que jamás podría visitar mientras besaba a Amanda. Rompió a llorar sabiendo que, con el ruido de la calle, ella no se enteraría.

Y ella, como cada noche, esperaba a que él dejara de llorar para poder dormir abrazada; sintiéndose acompañada en la oscuridad de la noche.

Cuando el llanto mitigó la agonía, entró y la abrazó. Ella se durmió entre los brazos de él; y él, entre el duermevela, pensó que quizás jamás cambiaría nada.

 

En mitad de la noche, un zumbido despertó a Amanda del profundo sueño en el que se encontraba, pero todo volvió a la normalidad tras un vaso de leche caliente.

 

- ¿Amanda? -Víctor la despertó suavemente, casi acariciándole con la voz-

- ¡Víctor! ¿Qué haces de pie? ¡Has vuelto a caminar! ¿Cómo lo has hecho?

- Los dos sabíamos que esto no podía seguir así, pero todo va a cambiar.

- Pero… ¿qué te han hecho? ¡Puedes caminar!

- Lo sé, todo tiene su explicación. Déjalo a él durmiendo, está cansado. Sígueme.

Amanda se levantó de la cama y observó el profundo sueño en el que su novio se encontraba. Miró a su alrededor y todo parecía extraño, demasiado acogedor. Se aseguró de que las persianas seguían bajadas. Algunos objetos perdían nitidez, la habitación estaba cubierta de una cálida luz y las distancias eran cambiantes.

- Estas pastillas me están volviendo loca -pensó Amanda-

 

Siguió a su hermano y salieron a la calle, un sol radiante iluminó la cara de Víctor; Amanda se colgó de su cuello en un tierno abrazo. No había nadie en la calle.

- Te quiero mucho Víctor, ¡esto es increíble!

- Amanda, tenemos poco tiempo, limítate a seguirme y a escucharme. Hoy tienes mucho que aprender -lo intentó decir con el mayor cariño posible, pero su voz escondía una profunda melancolía-

Ella observó como la figura de su hermano perdía claridad y consistencia, miró cómo sus manos, que acariciaban el pelo de él, se confundían y atravesaban el rostro de Víctor.

- No me encuentro muy bien Víctor…

- Quiero enseñarte algo muy importante, debemos darnos prisa. Si te desmayas, no podría sujetarte. Aún estoy débil. Limítate a escucharme y a seguirme, no te cuestiones nada. Cuando volvamos a casa ya tendremos tiempo para explicaciones y abrazos.

- De acuerdo -dijo Amanda, sin darse cuenta de que ya no estaban delante del portal, sino en los montes por dónde solía correr su hermano. Por primera vez, sintió como el exterior le proporcionaba la misma seguridad que la oscuridad de su piso.

 

Pasearon un buen rato por senderos que subían hacia la parte más alta del monte. Víctor estaba eufórico, le explicaba la importancia de la relación con el mundo exterior y las maneras de interactuar con dicho mundo. Le impartía apresuradas lecciones de nutrición, de supervivencia; y todo ello mientras iba de aquí para allá, mostrándole a su hermana cómo aprovechar lo que la naturaleza les brindaba.

Ella observaba atónita la riqueza y belleza que habían sido ocultadas tras su persiana. Al mismo tiempo, Amanda intentaba obviar lo extraño de aquella situación: los colores se entremezclaban y, a veces, la percepción del mundo iba más allá de su mirada, viéndose a sí misma corriendo junto a su hermano.

Pero decidió no tener miedo y atribuir todas aquellas rarezas a la maldita medicación, por primera vez se preocupó más por sentirse libre que por un posible ataque de ansiedad.

 

De repente, un zumbido fulminó la claridad del momento y ambos hermanos se miraron, sabían que el viaje era inminente. Fue ese retumbar el que les llevó hasta África; allí cruzaron el continente de norte a sur, a bordo de una antigua avioneta.

Víctor, como si tuviera demasiada prisa, explicaba a Amanda todo lo que había aprendido a lo largo de sus viajes. Ella aprendió a volar, a leer el terreno desde el aire, a ir al baño sin dejar de pilotar. No se acordaba del miedo, y ya se había acostumbrado a los raros efectos de su medicación. En África descubrió la belleza escondida en lo árido, aprendió el verdadero sentido de la palabra “humano” y “mundo”; e incluso tuvo largas charlas sobre las causas que han llevado a África a ser el continente que es.

 

Amanda divisó a lo lejos una maltrecha pista de aterrizaje en las afueras de Igoli, en Sudáfrica. Estaba nerviosa, pero pensó que lo lograría. La pista se desvanecía entre el cielo y, sus manos parecían no tener fuerza para sujetar el mando; cuando la ruidosa hélice estuvo a punto de cortar la arena rojiza de la pista, tiró fuertemente de los mandos, apretándolos contra su pecho. La rueda trasera levantó una violenta nube de polvo escarlata, y la avioneta dejó para siempre los tórridos aires de África para posarse sobre la caliente pista.

Cuando bajaron de la avioneta sus cuerpos se fundieron sus cuerpos entre tiernos abrazos y calientes rayos de sol, Amanda lo había conseguido; Amanda seguía a Víctor.

 

De nuevo, un repentino zumbido les atravesó la cabeza de lado a lado. Sabían que debían continuar. Cada zumbido marcaba el rumbo del viaje. Fueron hasta Argentina, donde Amanda aprendió a leer el tiempo en sus nubes y a acostumbrar la vista a la inmensidad de las llanuras. Cuando iban a caballo por la pampa, un nuevo zumbido les llevó hasta el Tíbet, allí Amanda fusionó Oriente y Occidente: subió las más altas cumbres con la ayuda de Occidente; y entendió el significado de aquellas ascensiones, del esfuerzo y del viaje con la ayuda de Oriente.

En Lhasa, un fuerte zumbido les proyectó hacia el Gobi; allí Víctor enseñó a Amanda la importancia de la paciencia y el aprovechamiento de los recursos aparentemente inexistentes.

A punto de llegar a la cumbre de una duna, un esperado zumbido les llevó hacia Norteamérica; Amanda aprendió a encontrarse sola entre la multitud y a sentirse acompañada en el desierto, mientras se dirigía a toda velocidad hacia San Francisco. Antes de llegar a ver las colinas californianas, un zumbido atravesó sus cabezas, azotadas por el viento, y se dirigieron hacia el norte.

En Alaska, Amanda recordó todas aquellas tardes leyendo a Jack London detrás de las persianas de su habitación; se dio cuenta de que la práctica era tan importante como la teoría. Junto al mar de Bering, mecidos por la brisa marina, un zumbido familiar les llevó hacia un paisaje entrañable, Amanda sabía que se trataba de los Pirineos. Creía recordar haberlo visto en alguna de las fotos de su hermano, posiblemente en algún álbum de sus rutas por Ordesa.

Se encontraban en un angosto valle iluminado por un cálido atardecer. Un río cortaba las montañas, creando meandros preciosos que limitaban con verdes prados. Al fondo un viejo puente permitía conectar un extremo del valle con el otro. El agua era cristalina y el verde del prado se amalgamaba a la larga lista de colores que componían las montañas; desde el grisáceo rocoso de las cimas, pasando por el reflejo rojizo del sol tardío en los pinos y hayedos, hasta la apabullante frescura verdosa de las faldas de la montaña. Un verdor que se hacía más patente en el prado que pisaban los dos hermanos. Las escarpadas montañas se elevaban en los límites del prado, siendo casi inaccesibles por vía directa. Por las montañas bajaban fieros torrentes de agua que alimentaban el cauce del río, una ferocidad que contrastaba con la tranquilidad del prado. Para subir a las montañas se tenía que bordear el valle y seguir el sendero que conducía a las crestas de los picos.

Amanda y Víctor cruzaron el valle hasta llegar al puente que cruzaba el cauce por su parte más honda, desde allí subieron hacia la cresta de una montaña situada a su derecha. Llegaron a un peñasco desde el que se divisaba toda la majestuosidad de aquel valle, parecía que el valle se había puesto de gala para alimentar la sed de belleza de los dos hermanos.

Víctor se paró al borde del peñasco, miró a Amanda y sonrió.

- Sabía que podrías lograrlo enana

- Ha sido precioso -dijo Amanda entre sollozos-

Se abrazaron y, mientras juntaban sus cuerpos, las montañas los acogieron, el aire les acarició, el prado y los hayedos les reflejaban la luz del sol, haciendo entrar en calor sus cuerpos. Supieron que aquél valle estaba hecho para ellos, estaba hecho para aquel momento. Se separaron y Víctor miró al valle, supo que no podía esperar más. Dirigió una mirada a Amanda, un zumbido le recorrió todo el cuerpo sabiendo que no había que dejar paso a la melancolía, sino a la profunda alegría.

- Lo has hecho muy bien. Ahora es tu turno -dijo Víctor mientras sonreía a Amanda-

Él caminó hacia el peñasco y Amanda se quedó apartada, mientras sentía una sensación entre la agonía, la alegría, el arrepentimiento, la confusión y la incomprensión. Cuando llegó al borde del peñasco, se entregó al valle que lo había visto crecer, desapareció con una enorme sonrisa en los labios. Lo último que vio fueron los ojos de su hermana.

 

Amanda se despertó empapada de sudor. La habitación tenía una tímida luz que llegaba de la cocina, las persianas seguían bajadas y sus ojos lo veían todo con total nitidez. Su novio dormía profundamente a su lado y en la mesita había un vaso de leche aún caliente.

Saltó de la cama y corrió, descalza, empapada y en pijama, hacia el hospital. Salió a la calle y la noche la acogió. Corría y la lluvia le acompañaba, los pies desplazaban el agua de los charcos y nada parecía palidecer. No gritaba, no tenía miedo, el aire le llenaba los pulmones y le calentaba el pecho. Corrió en medio del bullicio, entre los coches, sabiendo que todo había cambiado.

Llegó al hospital y subió las once plantas que le separaban de su hermano. Cruzó el pasillo, y la luz fluorescente no parecía aturdirla. Llegó a la habitación de Víctor. Ya no parecía blanquecina ni aletargada, estaba llena de vida. El silencio no era mecánico, no estaba entrecortado por el tozudo repicar del monitor. El único latir con el que jugaba el tiempo, era el del corazón de Amanda.

Miró el frío cuerpo de su hermano, le cerró los ya inservibles ojos y se dio cuenta de que guardaba algo celosamente en el puño; como si fuera parte de él mismo, como si no quisiera desprenderse de ello. Amanda abrió el puño y se encontró con una foto arrugada. Vio el verde prado, el río cristalino, las imponentes montañas, los hayedos con la luz tardía del sol, las fieras cascadas, las cumbres grisáceas; vio el sendero, el puente y el peñasco. Amanda devolvió la foto a Víctor, le cerró el puño, devolviéndole así lo que formaba parte de Víctor. Y, al fin y al cabo, devolviéndole al valle lo que era suyo. Amanda miró a Víctor, no tuvo miedo. Supo que era su turno.