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domingo, 11 de julio de 2010

Un quebrantahuesos violando el espacio aéreo francés















Julio 2010, Quebrantahuesos volando entre el valle de Gavarnie, Francia. Foto tomada desde el Puerto de Bujaruelo, 2270 metros de altitud, España.

Nació entre los riscos que atentamente otea para buscar sustento. Allí creó una familia, y ahora busca cualquier tuétano para poder alimentarlos. La brisa cálida que asciende por las laderas mece sus plumas y lo eleva más allá del valle. Más allá de aquellos peñascos que deja atrás. Desde su privilegiada atalaya puede ver todo un horizonte ante él, todo un mundo lleno de posibilidades y lleno de huesos que romper. Una suerte de cumbres, crestas, simas, cascadas, depresiones e ibones se le presentan delante de su pico. El horizonte se le hace inefable, pese a su imponente capacidad para desplazarse de un valle a otro. Él lo sabe: esa cuenca que recoge la sangre blanca de las escarpadas cumbres, es su lugar. Allí come, da de comer y espeta severas miradas a aquél que intenta inmiscuirse en su lugar destinado a su propia vida. Lugar. Suena bastante mal. Él también lo sabe: lucha por buscar comida, se abre paso entre sus coetáneos (que no congéneres) para poder buscar el lugar donde la vida sea menos dura y ancla raíces con sus afiladas garras al lugar que le proporciona el sustento para seguir siendo. Cuando entreve una sombra alargada en el horizonte lanza sus alas al vacío para intentar detener el avance de aquel ser alado que intenta buscar alimento más allá de su propio lugar destinado a su vida y sustento; quizá porque en el lugar que deja ya no quedan huesos que romper. Definitivamente, lo sabe. Guarda fielmente su lugar de abastecimiento y, una vez hecho suyo, una vez vetado a todos los demás, establece allí su hogar. Es su particular forma de establecer una frontera. Lo sabe. El hombre suele olvidarlo. Al hogar le añade un sustrato cultural inexistente en la forma primigenia del lugar, un aliño forjado más allá de la necesidad. El hombre es el único que puede abstraer, el único que puede prescindir del sustento, del sustrato, condición indispensable para el análisis. Y abstrae. Se olvida del abono que nutre las raíces y que extiende las ramas de aquello a lo que llama cultura. Lanza burdos llantos al cielo clamando hacia un ente arrancado de su realidad, de su res, de aquello material que lo nutría y lo hacía ser tal como era. Y arrancándolo juega con él. Se olvida de que su hogar era, en su esencia, un lugar de alimento y cobijo. Arranca el árbol y crea miles de formas con él. Juega a ser carpintero y, a sus mesas y sillas, les atribuye conceptos muy lejanos a aquél lugar del que se nutrieron, a aquel valle que las mismas manos del carpintero defendían ante cualquier intrusión foránea. El hombre es el único que puede olvidar que su hogar no es más que un lugar de abastecimiento, un silo, del que pretende asegurar su integridad para poder seguir comiendo, para poder seguir dando de comer, para poder seguir siendo. Es entonces cuando surgen los sentimientos nacionalistas llenos de contenido cultural que mantienen entretenida a la mente y vacía a la barriga. Es por ello que muchos movimientos nacionalistas son restauradores: pretenden ahondar entre las ramas secas de aquél árbol que arrancaron para encontrar la tierra con la que volver a llenar, con la que volver a restaurar, su escuálida (¿escuálida?) barriguita. Pero eso ya es agua de otro corral.
El hombre. Un homínido que olvida y, gracias a su defectuosa memoria, puede analizar y aprender. La abstracción es un mecanismo surgido del olvido. Pero esto también son derroteros por los que hoy no me apetece viajar.
Mi nacionalismo. Cuál es mi patria se me pregunta, dónde están mis padres de piedra y tierra. Patria y nación, árboles arrancados de su sino, hogares que olvidan que no son sino un silo. Somos hijos de la abstracción y la metáfora, del olvido y la invención. O el invento, si se quiere. Ando entre perpetuas y níveas contradicciones, soy consciente de ello: pertenezco a un lugar que me da alimento pero no consigue llenarme la barriga, un lugar que no puede tornarse en hogar. Como un quebrantahuesos que deja caer los inertes y blancuzcos huesos hacia las rocas y, una vez estallados, no encuentra tuétano alguno. Así ando yo por esta tierra.
Mis padres de carne y hueso, no aquéllos de piedra y tierra, a los que abrazo, lloro y siento, me brindaron la posibilidad de la metáfora. A ellos, a su carne que se regenera y se pudre les debo mi pequeña patria en el mundo. Ellos me dieron la posibilidad del invento. Me enseñaron a nutrirme de lo indigerible. Y así ando por la vida, con dolores terribles de estómago. Me descubrieron un valle lejano a mi lugar en el cuál, con el paso de los años, he hecho de él mi hogar. Él me da piedras, frío, hierba, polvo, cumbres, sudor, brisa y aliento. Y con ello me alimento. Soberana demostración de la capacidad metafórica del hombre y altiva afirmación de la contradicción sobre la que todo humano que llega al mundo se mueve. Han sido aquellos peñascos los que han guiado mis pasos ante la vida, el lugar que me ha aportado el alimento eminentemente metafórico que me ha permitido ser lo que soy y que me permite luchar año tras año para volver a él siendo algo mejor de lo que era. Es mi Ítaca personal que me guía y a la que nunca, quién sabe si este periplo acabará con el óbito, podré llegar. Arroyos salados se precipitan entre mis mejillas cuando llega el momento de abandonar mi hogar, el hogar que me brindaron y construyeron mis padres; arroyos que, cuando las cumbres desaparecen más allá de la carretera de vuelta a casa, se tornan en torrentes bravíos y estremecedores.
Es cuestión vital, irracional y pasional. Y yo lo sé. Y sé que es contradictorio. No intento adoctrinar mi sentimiento, no intento someterlo al yugo inmisericorde de la razón. Él es libre y se dispara hacia los peñascos cuando las cosas no andan bien entre el hormigón. Lo sé, es eminentemente inventivo, esencialmente metafórico. ¿Y qué? Eso me da la vida, por el mismo hecho de que es vida misma. Por eso mismo, cuando oigo hablar de doctrinas e idearios entremezclados con los sentimientos vitales, me horrorizo. ¿Cómo exponer en un manifiesto un pulso vital? No es cuestión de determinación estatutaria ni de panfletos olvidados tras una manifestación, no es cuestión de mandamientos ni de enumeración de intenciones... ¡es cuestión vital! ¿Qué monstruosidad es esa de exponer en un manifiesto una pulsión evidentemente irracional? ¡Es una salvajada! Puedo entender el nacionalismo como movimiento vital, pasional y restaurado (ya que debe vivirse con la barriga llena, sino no hay sentimiento nacional que valga) pero me asusta aquél intento por racionalizar lo irracionalizable, por intentar acallar a golpe de sección y artículo la inamovible contradicción que guía la vida alrededor del hogar.
¿Cuál es mi patria entonces? Aquello a lo que abrazo, lloro, siento y me alimenta. No aquél hombre de la plana de Lleida con el que, según dicen, compartimos gentilicio, sino aquél amigo que está leyendo esto, mi madre que me trae café y mi padre que se preocupa por mi inminente marcha. Mi hermana que me sigue molestando con su música a todo volumen, mi tía que me regala libros y mi novia que desea retener mi rostro en su memoria. El valle por el que lloro y ardo en deseos de volver a él, mejorándome y mejorándolo. Definitivamente, mi patria no es un árbol seco y arrancado, un nombre abstracto bajo el cuál cobijarse, ni un gentilicio exclusivista. Respeto, en tanto que sentimiento vital, a aquél que siente conexión con la inefabilidad de una comunidad cultural; pero no puedo compartirlo pues, vuelve a aparecer lo vital, no lo siento. Si no siento conexión alguna con el adjetivo sustantivado bajo el que muchas proclamas se cobijan, la humanidad, ¿cómo voy a sentirlo bajo un ente abstracto con el que me tratan de controlar, seleccionar y clasificar? El gentilicio es sólo una forma de control, una etiqueta que excluye el esfuerzo por ahondar en la complejidad del sentir humano.
Aquella misma forma de control que prefiere el eixample barcelonés al sendero escarpado y escondido del monte. En la montaña el ojo debe acostumbrarse al dinamismo mismo de la vida, el pensamiento debe esforzarse por encontrar un camino y perseverar en él. Entre las calles de una ciudad, las categorías y las etiquetas, vuelven vago al ojo y el pensamiento se desvanece entre las calles perpendiculares. Por eso la filosofía prefiere el bosque, donde debe decidirse entre todos los caminos posibles, buscar buscándose. En la ciudad suele estar ya todo buscado. Supongo que, por ello, ciudades como Praga, con aquéllas calles que se cruzan circular y elípticamente, y las barracas de las afueras de cualquier ciudad, suelen generar buenos ojos. Pero bueno, esto también es un sendero por el que no tengo ganas de seguir caminando. Alguno se puede esperar un cierre o un fin adecuado a toda esta diarrea de pensamientos. Hoy no toca. Hoy me reservo el derecho a la vida misma, donde ni todo acaba ni todo empieza nunca. Y no, esto no es un cierre.

miércoles, 16 de junio de 2010

Los límites del género

¿Sirven de algo los límites entre géneros literarios? ¿Es el límite inocuo u oculta una forma de poder tras de sí?

Reflexiones sobre el concepto de historia y sus límites de la mano de Heródoto y Tucídides pinchando el siguiente enlace:


Las palabras en griego y en latín que salen en el texto:

  • πάθος --> pathos, el sufrimiento, el sentir, lo volitivo y sentimental en el hombre
  • λόγος --> lógos, la razón, lo racional y lógico en el hombre
  • κόσμος --> kósmos, el universo siempre ordenado de los griegos
  • Θάνατος --> thánatos, la muerte dulce y sosegada
  • Keres --> la muerte violenta y sangrienta
  • ἴδιον --> idion, lo propio en el ámbito humano
  • κοινόν --> koinón, lo común en el ámbito humano
  • μῦθος --> mithos, el mito
  • ἀλήθεια --> aletheia, la verdad, el desvelo de lo aparente
  • ἦθος --> ethos, el carácter
  • παιδεια --> paideia, se podría traducir por algo así como cultura o educación
  • ars gratia artis --> el arte por el arte
  • pater historiae --> padre de la historia
  • ante rem --> antes de la cosa, lo puesto antes de que la cosa se dé
Me ha acompañado, cómo no, Sigur Rós con "Salka":

martes, 15 de junio de 2010

"Siempre fue así" y "Todo está por venir"

El texto que enlazo es una reflexión sobre el concepto homérico de Ítaca y sus implicaciones en el acontecer humano. Sazonado con el sabor imborrable que las clases de Josep Manuel Udina me han dejado al largo de la vida. Cabe decir que no ha sido en sus clases dónde he exprimido las mejores lecciones de su presencia, sino en las relaciones "extra-magistrales": en el bar, en el restaurante y por los pasillos de la Facultad. Ha sido un buen profesor, uno de los mejores. Aunque, por encima de todo, ha sido un hombre y ha tratado a sus alumnos como humanos. Algo envidiable en los tiempos que corren.

"Siempre fue así" y "Todo está por venir"

Gracias a la recomendación de un buen amigo, traduco las palabrejas que salen en griego en este texto:

  • υσμός --> hrismós, el ritmo, el orden interno de lo dado en la poesía, en el mundo, etc.
  • ράβδος --> rabdos, el bastón que el rapsoda utilizaba para marcar el verso golpeándolo contra el suelo.
  • ἴδιοv --> idion, en el ámbito humano, lo idiota, lo propio
  • κοινόν --> koinón, en el ámbito humano, lo común
  • κόσμος --> kósmos, el universo siempre ordenado de los griegos
  • λογός --> logós, el orden interno que gobierna a lo dado: al discurso, al mundo, a la vida comunal. Para mí tiene mucho que ver con el hrismós.
  • Δική --> diké, la justicia como garante del orden universal.
  • νόστος --> nóstos, el retorno

domingo, 6 de junio de 2010

Filosofía, no serías nada sin la vida

La mezquindad del ser humano no tiene límites. Ya no queda lugar para la empatía ("εν", en el interior de, "πάθος", sufrimiento), εμπαθεια, aquella perdida capacidad de sentir el dolor ajeno en el interior de uno mismo. El interés personal sella herméticamente ese sentimiento que nos hace ser compasivos, compartir el sufrimiento. Ni Nietzsche ni su puta madre. Cuando uno ve a su madre rota de tanto trabajar, si no se le parte el corazón y los trocitos despedazados le suben por la garganta y le impiden el respirar... posiblemente sea un monstruo.

"La filosofía empieza donde acaba la creencia", según Platón. ¡Ja! ¡Yo me meo y me cago en esa aserción! La filosofía, mal que nos pese, no es más que el proceso inductivo parapetado tras la salvaguarda racional de lo deductivo. La filosofía se extrae de un cúmulo de vivencias particulares, personales y referidas al propio ἦθος que caracteriza a cada ser viviente. Lo vivido condiciona irremediablemente lo pensado. Extraer aserciones particulares de lo universal es una quimera, ¿que es lo universal sino la comunidad de vivencias particulares enlazadas tras un concepto abstracto? El ser humano es el animal más engreído de todo este planeta, ¿quién puede extraer juicios particulares de una universalidad que se le antoja inefable? El hombre, cuando desea ser deductivo, sólo recoge las migas de todo ese pan universal. En la panadería del conocimiento, lo único que hace es escoger las migas de aquellos panes que se acercan más a aquél sentido que él mismo ha dado previamente a su vivencia. Vivir y escoger. La filosofía se reduce a eso. La vivencia, tamizada por el sentido que le otorgamos, no deja de ser aquello que nosotros creemos que es; la filosofía empieza cuando se da sentido a la vivencia.
Nietzsche. Su madre era lo que era y sus amigos le hicieron lo que le hicieron. ¡Qué iba a decir él de aquella compasión tan religiosa!
Platón. Grecia estaba educada desde la creencia en un panteón que dotaba de sentido a lo vivido, un panteón que ahogaba la necesidad de aquellos hombres que ansiaban conocer las leyes internas de lo dado. Deseaban conocer aquella μοῖρα que se les presentaba como algo inefable, sólo los oráculos les remitían información siempre ambigua, contraria a la pretensión ática de desentrañar la verdadera ley que rige el acontecer. Jenófanes, Solón y luego Platón. ¡Qué iban a decir de lo creído! Necesitaban saber lo que para ellos era el verdadero ritmo interno del κόσμος, un conocimiento lejano a la ambigüedad délfica.

Y yo. Mi madre ha sido el fulcro de mi vida. Mi padre ha sido la figura de la seriedad, el trabajo, el rigor, el esfuerzo y la constancia. ¿Valores burgueses? ¡Iros a la mierda! Los valores de un chaval que hubo de emigrar con su padre a Alemania para poder comer. He recibido de ambos distintas influencias que, no por ello, dejan de ser complementarias. Aunque, y que los psicólogos y los aficionados al culebrón freudiano digan lo que quieran, prevalece en mi el ἦθος recibido de mi madre: la actitud vivencial, pasional, dejándose el aliento en aquello que le da alas para abrazar a la vida.
Y lo sé. Todas las aserciones, todas las valoraciones del universo, las hago en virtud de lo que he vivido y lo que me han enseñado. La filosofía no es algo dogmático y cerrado, es una postura particular referida a un contexto siempre personal. ¿La opción contraria? La postura contraria está sometida a vivencias lejanas a nuestra experiencia, por lo que si queremos criticar la filosofía que se extrae de aquella vivencia lejana debemos vivir la misma experiencia de dónde surge, y esto no es siempre posible. Es aquí dónde entra en juego la empatía, ponerse en el lugar del otro. No de su postura, de su filosofía, pues sólo es un producto final, sino en la vivencia que da forma y contenido a ese producto. Sólo así podremos saber si en ese salto de lo vivido a lo pensado se ha abusado de lo inductivo o si por el contrario, abusando de lo deductivo, se ha tomado a lo vivencial como lo universal.

En este punto surge el tema de la tolerancia. Considero que, en los extremos, ésta es imposible. No podemos tolerar aquello que niega el sentido que hemos dado a lo vivido, esto rompería de raíz nuestra estructura vital. No estoy hablando de dogmatismo. La empatía ayuda entender la postura del otro a relajar las tensiones entre las diferencias y dejar fluir la curiosidad infantil que caracteriza el conocimiento. Ésta puede ayudarnos a relativizar nuestra postura y a bajarla del pedestal donde la solemos colocar, para limpiar el polvoriento mármol sobre el que la teníamos puesta. Ese busto marmóreo forjado con lo que pensamos y lo que creemos que nos pertenece. Y, mientras limpiamos el pedestal, a nuestro busto vivencial le da tiempo para darse cuenta, en el suelo apoyado, de que no es ni la definitva, ni la mejor obra vital jamás hecha. La empatía deja lugar a la modestia, que mal entendida pasa a ser un simple mecanismo decoroso, pero jamás debería dar paso a una tolerancia ante rem. La crítica, siempre relajada y respetuosa, hacia lo que nos rodea, nos permite vivir con la convicción de lo vivido; eso sí, teniendo en cuenta que una nueva experiencia puede dar al traste con todo ese tinglado inductivo que nos hemos montado. La crítica debe ser siempre respetuosa, pues jamás sabes cuando vas a vivir aquello que ha llevado a forjación de las posturas que crees enemigas y tampoco sabes cuál va a ser tu dotación de sentido a esa determinada vivencia. Es importante aquí, de nuevo, la εμπαθεια, empatía, es el mecanismo que permite un simulacro, siempre limitado a las condiciones de lo reproducido -lo vivido en segundo término-, ante el cuál podemos hacernos una idea de nuestra posible postura ante aquella vivencia lejana.

Una vez más, todo esto es y no es. Estas aserciones están extraídas del sino de mi vivencia. Hoy son las que son y mañana pueden cambiar de rumbo totalmente. La plasticidad es una virtud importante ante la vida, díselo a los políticos...

Otra vez la misma canción, me está dando duro:

lunes, 10 de mayo de 2010

Un buen νόστος [Un buen regreso]

He hecho una especie de relato, una amalgama entre mis días de hospital, la cercanía de Θάνατος, la muerte, y cuatro cosillas más. Quien lo quiera leer, lo puede encontrar aquí. Es un enlace a Google Docs.


Música que me ha acompañado:

Explosions in the Sky, "The Earth is not a cold death place" (el disco entero)


Love of Lesbian, "Segundo Asalto"

domingo, 2 de mayo de 2010

Taciturnidad dominical y clásicos en vena

Supongo que el brillo que abraza a nuestros ojos cuando un clásico nos sorprende no es un hecho baladí. Es allí, en aquellas líneas que volvemos a releer, donde se plasma con arquitectónicas concatenaciones de vocablos aquello que ansiábamos transmitir y que, a pesar de nuestro esfuerzo, sólo lográbamos proferir con algún sonido gutural ante aquél doloroso e inefable: "¿Qué te pasa?"

Es posible que ya esté todo dicho, es posible que sólo se trate de saber dónde y cómo se ha dicho. Cuando por fortuna o recomendación, nuestras yemas logran despertar de su polvoriento letargo aquella página, como si de una marioneta se tratase, la disecada tinta vuelve a la vida. Marioneta? Sin duda. Pero, ¿quién mueve los hilos? ¿El autor o el lector? Alego mi derecho dominical a dejar las preguntas retóricas en su misma esencia: con una camaleónica respuesta que es pregunta, con una carnavalesca respuesta que se cree pregunta.
La letra adormecida entre los mantos de papel de aquello a lo que llaman libro depende, como las inertes marionetas, de los dedos interesados y volátiles del hombre que las devuelve a la vida. Y con estas dos líneas acabo de verter mi aliento hacia el lecho rocoso, cosas de humanos.

Esta taciturnidad de domingo quizá me ha llevado demasiado lejos: la gracia del funambulista es hacer equilibrios entre la vida y la muerte, las preguntas y las respuestas, la contención y el desbordamiento... una sola decisión entre ambas, una sola preferencia, y el funambulista cae irremediablemente hacia el vacío que, inexplicablemente, acaba en un valle lleno de roca y arena.

Los caracteres tipográficos esperan ávidamente su desvelo, aquella mano que les permita volver a respirar. El autor encerró cada letra en una extensión de una homogénea y artificial rugosidad, las palabras fueron privadas del aliento y de su hogar: la humedad propia de los confines más septentrionales del ser humano.

El goce de lograr encontrar mejores preguntas -las respuestas son propias de la dogmática algo que difícilmente casa con la supuesta ambigüedad de la literatura- está construido encima del sufrimiento de la letra. Aquí no hay lugar para los eufemismos: la vida es una jodida crueldad. El autor encierra su creatividad, hija primogénita de la libertad, entre el yermo espacio que separa a cada página, manchada con el arma homicida: la tinta. La íntima y ocultada propiedad de la vida, el padecimiento, queda reflejada en ese encarcelamiento de lo oral en las jaulas de lo escrito. Y, gracias a este acto de vileza tipográfica, el hombre puede disfrutar, en calmada lectura dominical de aquello que en otro tiempo discurría inevitablemente entre el contacto entre humanos. Palabra escrita, diálogo textual... un compendio de contradicciones, un oxímoron, sin más. De la charla animada del ágora a la hiriente soledad en una oscura buhardilla de una ciudad de cemento, sosteniendo un libro que pretende trocar la voz solemne del autor por una extraña voz que resuena en las cavernas de mi cráneo.

Lamentablemente, no puedo tomar un buen vaso de vino con Heródoto, ni con London, ni Hesse, ni Thoreau, ni con Kerouac... no puedo charlar alocadamente con esos grandes viajeros, ni puedo invitarlos a una copa de buena ginebra, hasta vaciar la billetera de papel, hasta caer redondos en el suelo... y reír y llorar abrazados entre helados lamparones de alcohol. No puedo. He aquí el verdugo que se esconde tras cada escritor, un verdugo que no es más que un pequeño suicida: mata la letra, matándose a sí mismo, para poder dialogar con un porvenir que ansía hacer eterno, para poder plasmar lo que ha vivido, recorrido y sentido. Sobretodo, sentido.
Debemos dar las gracias por tremenda salvajada, más allá de que el diálogo a través del texto sea una colosal contradicción, el exterminio de lo oral posibilita un contacto cuasi cósmico: entre vivos y muertos. Y así se completa y se respeta el ciclo de la existencia: vida sobre muerte, diálogo entre moribundos; un placer en el dolor que no es masoquismo, sino un lúcido y consecuente realismo.

Jugueteando con el sempiterno girar del reloj, mis ojos hoy han pasado entre letra muerta, y he podido sentir como la tinta me abrazaba con un cariñoso júbilo en su despertar. Un tierno enlace que preparaba las más amargas vueltas en ese reloj que, como era de esperar , coincidían con el ocaso.
El curioso viajero de Halicarnaso ha logrado abrir en canal lo que ya sabía de antemano para mostrarme mis fétidas vísceras bajo una nueva luz: que somos lo que hacemos; en otras palabras, que somos lo que hemos hecho. Una aseveración propia de una sociedad regida bajo un tiempo cíclico, donde el futuro no importa tanto como el pasado, donde el pasado conforma el presente y es la materia prima con la que se construye un futuro. Un futuro que ya viene construido de antemano, por un pasado anegado de esforzado sudor.

En efecto, una aseveración bien distinta de aquella en la que se dice que somos lo que proyectamos, una definición más propia de las sociedades con un tiempo marcado por la linealidad de los acontecimientos, donde importa más lo que se encontrará en el siguiente páramo que no lo que se encontró en aquél valle, ya dejado atrás hace tiempo. Algo propio del nomadismo.

A mi estómago y a mi nos parece más apetecible, aunque más dolorosa, la opción de Heródoto que, al fin y al cabo, es la opción del griego clásico. Si somos lo que hemos hecho, si nuestra esencia es inseparable de nuestra vetusta existencia, ¿qué ocurre con la esperanza? ¿Qué podemos esperar del futuro? Traicionando a Heródoto y a sus congéneres voy a prescindir, por antojo dominical, de la figura del destino. Dicho esto, cabe decir que en el futuro no hallaremos nada nuevo que no hayamos sufrido, sudado y engendrado en el pasado. La esperanza de Heródoto es una proyección hacia delante, hacia el futuro, pero con la inestimable carga de las acciones pasadas. Un carácter suficientemente lejano de aquella esperanza del nomadismo judaico que vertebra todo el semitismo y su esperanza mesiánica. De hecho, los judíos se empiezan a interesar por sus hechos pasados cuando entran en contacto con la koiné, con la lengua que vertebra todo el helenismo y con su, tan característico, presente resultativo: soy, por el resultado de mis acciones en el pasado.

Y ahora viene la sangre, cuando el cariñoso abrazo tipográfico se torna en yugo. Absteniéndonos de la figura del destino hemos caído en las garras de la responsabilidad: el destino era la figura que utilizaban los griegos para eludir, con increíble belleza, las martilleantes preguntas que afectan a todo actuar humano. Si la situación presente era ahogante, siempre podían recurrir a la salida del destino y los designios divinos; apartándolos, nos encontramos con que, dicho ahogo, es nuestra responsabilidad, es decir -muy semíticamente-, es culpa nuestra.

Más allá de que esta taciturnidad, esta asfixiante calor, pueda ser culpa mía, se levanta entre la obstrucción de mi garganta una lápida que reza: "Eres lo que has hecho". Es la responsabilidad que golpea mi sien y que me recuerda que cada día es un paso más hacia la construcción de aquello a lo que llaman ser, que cada hora que pasa es una hora menos de existencia, una columna menos en este imponente proyecto arquitectónico con fecha de caducidad y entrega: la vida.

NACHO VEGAS, "LAS INMENSAS PREGUNTAS" --> http://www.youtube.com/watch?v=FIcek86Tq9Y

domingo, 28 de febrero de 2010

Elección y discriminación

Hace tiempo que sigo a Gabriel Albiac, uno de los mejores filósofos que actualmente habitan por nuestras tierras. Su bellísima y pausada dicción atrae tu atención y dificulta la ejecución de otros quehaceres mientras uno escucha su voz. Hoy, buscando alguna entrevista suya por la red, he encontrado dos vídeos muy interesantes.

El primero es una entrevista realizada en Libertad Digital; el segundo es una tertulia filosófica (sobre el estoicismo) con Agapito Maestre, un filósofo, sociólogo y politólogo, discípulo de Habermas.

El esfuerzo que hace Libertad Digital, más allá de la opinión de sus editoriales, por acercar la filosofía a un medio tan degradado como la televisión, me parece envidiable y digno de elogio.

No quiero entrar en debates impropios pero es un error común (sobretodo en opinión política) confundir la parte por el todo; en muchas ocasiones el desacuerdo con un fragmento obliga al personal a tirar todo el texto a la basura. Yo siempre he intentado, aunque se trate de medios distintos a mi opinión, escuchar y entender (que no debe confundirse con compartir) las diversas opiniones, en este caso de un medio de comunicación: Libertad Digital. Si no estoy de acuerdo con buena parte de sus editoriales, eso no me obliga a desechar la apuesta por la cultura que esta cadena (hija legítima de Losantos y César Vidal) ejerce; han logrado crear programas magníficos, como las nocturnas reflexiones de Gabriel Albiac en su programa radiofónico "Después de Todo", un potentísimo programa que entremezclaba la música de los 60, 70, 80 y 90 con la literatura, la poesía y la filosofía. Lamentablemente, Albiac tuvo que abandonar el programa (que se emitía de 1h a 3h de la madrugada) por problemas médicos. Ahora me encuentro con este programa, "Los catedráticos" en el cual Gabriel Albiac y Agapito Maestre llevan a cabo una tertulia sobre un concepto que la audiencia elige: la soledad, la pérdida de identidad, el estoicismo, etc.

Cuando el ser humano no se etiqueta ni se determina en posiciones políticas y dogmáticas ahogantes, puede descubrir cosas bellísimas a su alrededor que, de otro modo, desecharía bajo el "etiquetismo": conservadores, progresistas, izquierdistas, derechistas, etc. Ya he dicho en más de una ocasión que yo pretendo ser un individuo no marcado por esta tendencia (tan humana) clasificadora; es todo un programa de vida. Y, como todo programa, exige una cierta rigurosidad: el individuo que quiere abrir su mente debe estar atento a lo que sucede. Abrir la mente no significa meter todo lo que uno ve en el zurrón, significa elegir con cautela y distinción, dejando de lado las "etiquetas" que confunden dicha elección. Elegir lo que uno quiere hacer suyo es complicado, por eso el hombre se lanza de lleno al "etiquetaje": es mejor zampar lo que tal o cuál medio me dice que tengo que zamparme, así me ahorro el esfuerzo de discriminar la información. Con cautela me he acercado a Libertad Digital y, con discriminación, he alejado sus editoriales y he hecho míos programas como "Después de todo" y "Los catedráticos"; he alejado su opción política y he acercado, una parte, de su opción cultural. Ahí va:




viernes, 26 de febrero de 2010

Reflexiones a raíz de la lectura de unos fragmentos de la Ilíada (I, VI, XVI, XXIV)

He realizado una breve reflexión sobre la lectura de ciertos fragmentos de la Ilíada. Lo podréis encontrar en el siguiente link "Reflexiones sobre la Ilíada. Destino, responsabilidad, maldad, trascendencia e inmanencia"

¿Una sinopsis breve? El hombre actual se enfrenta a las mismas preguntas con las que lidiaba el hombre de antaño, ¿obtiene las mismas respuestas? Hombre os podría responder y evitar el mal trago de leer todo el pegote que he colgado, pero no tengo más ganas de escribir, así que, si queréis saber cómo acaba la cosa, linkazo que te crió.

Música que me ha acompañado en la redacción: For a Minor Reflection, Love of Lesbian.

domingo, 31 de enero de 2010

Sangre, esperanza y futuro.

Hace poco tiempo realicé este trabajo sobre la Generación del 98, es una posible clave de lectura y nada absolutamente definitivo ni apodíctico.

sábado, 30 de enero de 2010

Lección nº 1: bájate los pantalones y podrás alcanzar el éxito

Cuando uno entra en la universidad, sobretodo en carreras de "letras", uno piensa que hay una fraternidad entre las disensiones y un espíritu cercano al consenso. Mierda. A medida que uno va haciendo exámenes, dejándose los cuernos en muchos de ellos, se da cuenta de que al profesor no le interesa lo que tú aprendas sobre tal o cuál período filosófico... lo que le interesa es meterte en tu pequeño e indefenso cerebro su particular visión de dicho período.
Al final, si deseas alcanzar cierto rango en el expediente, no te queda más que ir a la farmacia y hacerte con un buen tarro de vaselina.

Ahí va un ejemplo: A la caza del reino perdido

Este fue un trabajo para la asignatura "Autores Contemporáneos I". Hice un pequeño panorama general del conflicto entre metafísica y la pretensión filosófica propia de finales del s.XIX y principios del XX; hasta aquí todo bien pero... ¿que sucede? Me bajo los pantalones y beso el suelo por dónde ha pisado nuestro "querido" profesor de universidad (¡¿pero quién coño lo metió allí?!) me lanzo a hacer retórica barata a favor del pisoteo que muchos pensadores ejercieron sobre sus propios zapatos, sobre la metafísica... en fin, suerte tenemos de que todos los profesores no sean de la misma índole ni carácter.

[A partir de ahora todos los documentos o escritos grandes los publicaré en un link con Google Docs; pues, si leerlos ya es un coñazo, con el formato estrecho del Blogspot... ¡aún más!]

jueves, 17 de diciembre de 2009

Cuchillos oxidados, sangre y esperanza. Una recensión de "¿Qué es filosofía?" de José Ortega y Gasset.

Uno no sabe muy bien qué decir cuando acaba de leer “¿Qué es filosofía?”, hay algo dentro de ti que las páginas del libro han tocado y removido. No sabes muy bien qué es, pero sientes que hay algo que va a cambiar, como casi siempre ocurre tras una buena lectura.

Debo advertir que no es un libro apto para los oníricos momentos de duermevela; compila las lecciones de un curso universitario que, como tal, debe recibir la atención solemne del estudio y no le lectura liviana del pasatiempo. Aunque, aquí, Ortega me achacaría una mala interpretación de su método pedagógico:

La quilla de la cultura, el estado de ánimo que la lleva y equilibra es esa seria broma, esa broma formal que se parece al juego enérgico, al deporte, entendiendo por tal, como es sabido que yo entiendo, un esfuerzo, pero un esfuerzo que, en oposición al trabajo, no nos es impuesto, ni es utilitario ni es remunerado, sino un esfuerzo espontáneo, lujoso, que hacemos por el gusto de hacerlo […]. La cultura brota y vive, florece y fructifica en temple espiritual bien humorado -en la jovialidad-. La seriedad vendrá después, cuando hayamos logrado la cultura o la forma de ella a que nos referimos –así, ahora, la filosofía- [José Ortega y Gasset; "¿Qué es filosofía?"]

Con este curso Ortega espera, oponiéndose a la desesperación, ver florecer el germen de la filosofía en las mentes de los madrileños que asisten a sus lecciones. Y es que el germen de una filosofía es, a la larga, el germen de una nueva vida; sin embargo, como Ortega nos advierte, estos conceptos (el de filosofía y vida) parecen antagónicos y contrapuestos.

Todo lo que sale de las manos de un hombre es producto de su circunstancia, de su contexto, o, en su defecto, el contexto posibilita dicho producto; el curso “¿Qué es filosofía?” es un claro ejemplo de esta característica de la creatividad humana. Las lecciones de Ortega tienen su razón de ser en el contexto en el que nacen, pero esto no es más que una evidencia en todas las obras que alguien crea; no deja de ser, como tanto les gusta decir a los coetáneos de Ortega, una verdad perogrullesca.

Lo que en una obra importa es lo que recoge de dicho contexto, lo que aúna y lo que rechaza, lo que crea con los pedazos de lo que destruye, lo que recuerda y lo que olvida; y esto es, las lentes nuevas que la obra crea para observar desde otra perspectiva lo que el hombre ha observado siempre: la relación entre él y el mundo. Y estas lentes, valga de nuevo la perogrullada, están construidas con la materia propia de cada tiempo humano, de cada contexto, de cada paisaje, de cada circunstancia.

El paisaje histórico en el que se enmarca la vida de Ortega no da mucho lugar a que las conclusiones que se dan al observar el mundo que le envuelve sean esperanzadoras. La conclusión de la esperanza, principal leitmotiv de toda religión, puede parecer ingenua.

Los coetáneos de Ortega, y él mismo, dan cuenta de la agonía latente entre el individuo y la comunidad, entre España y sus confines, entre el devenir del hombre de a pie y el devenir histórico, entre creyente que espera creer y Dios.

NOTA AL MARGEN: Como apunta Unamuno en su “Agonía del cristianismo” entiéndase “agonía” por lucha y no por la desesperación del moribundo. Agonía es desesperación esperanzada, es la lucha que se da en el seno del hombre y lo posiciona como agonista, como luchador; unas veces será protagonista y otros antagonista pero si cede, si deja de agonizar, de luchar, la desesperanza envuelve con sus brazos de hierro al moribundo y el óbito, metafórico y moral, sucede en el cansado cuerpo del que ha cedido. Así, el moribundo puede conservar su salud y cuerpo, pero su alma ha sido cercenada por el helado corte de la guadaña. Muy a pesar del vago, la inmortalidad no consiste en la calma y la relajación, sino en la constante lucha por existir, que no es otra cosa que estar siendo, estar agonizando, estar luchando; aunque quizá aquí no quepa la mordaz pluma de Ortega es interesante decir que él apuntaría “existir es decidir”

La generación en la que se inscribe nuestro autor nace en un barco que navega sin astrolabio y que lucha contra las constelaciones, lanzando andanadas de metal hacia el inalcanzable cielo, creyendo que es el mejor camino para volver a ser; y así, España, recibe el daño de sus propios cañonazos que, lanzados hacia el etéreo recuerdo, vuelven a caer sobre la cubierta, ya mohosa, del antiguo Imperio. Los capitanes del navío, como cegados por Atea, cegados por el orgullo de lo que fue, emprenden acciones en su impulsiva invidencia, hundiendo al maltrecho barco en los mares abisales.

Un barco que ya está podrido después de sortear la ocupación napoleónica; la pérdida de las colonias de Filipinas, Cuba y la penosa derrota contra E.U.A.; los continuos cambios políticos que van del acierto al desastroso desatino: constituciones, desamortizaciones, etc.; las cegadas decisiones por recuperar el honor perdido, como la participación en la invasión de Indochina; las guerras civiles entre los partidarios de seguir lanzando andanadas al aire, los carlistas, y los que pretendían una emulación reformista de lo que venía siendo la reacción liberal ante la revolución industrial y francesa; el aparente triunfo de los reformistas y su Restauración: un régimen que entre la patética alternancia entre Cánovas y Sagasta, no supo administrar ni digerir los nuevos corrientes revolucionarios.

Ortega será heredero de todo este convulso acontecer, viviendo el fin de la aparente tranquilidad de la regencia de Isabel II y el reinado de Alfonso XII con el levantamiento de Primo de Rivera, estableciendo una dictadura que suplía el ya cadavérico sistema de alternancia de partidos.

El panorama no da mucho lugar a la esperanza, si la política y la economía eran decadentes, no podía esperarse mejor futuro para la cultura. Aún así, la curiosidad hambrienta de algunos jóvenes españoles amasaría el germen de la generación orteguiana, aportando esperanza al decadente espíritu cultural español: la generación del 98.

Fue la generación en la que Unamuno nunca quiso inscribirse la que aportaría el primer respiro a una cultura española venida a menos. Al ser pionera, al querer ser la primera que abriera la veda, la G98 tuvo que lidiar con los problemas propios del contexto en el que surgió como, por decir alguno, el retraso cultural que hizo de los jóvenes curiosos unos devoralibros. Así lo asegura Laín Entralgo citando a Unamuno:

Unamuno expresará esta ineludible necesidad de los jóvenes españoles: “El libro es en España –escribe- más imprescindible que en otras partes. Donde hay más cultura en el ambiente social que la que aquí hay, recíbela uno sin saber cómo: de conversaciones, de la lectura de diarios, de conferencias, del espectáculo mismo de la vida, aquí tenemos que suplir cada una de las deficiencias de la cultura ambiente y las deficiencias de nuestra educación; el español se ve obligado a ser autodidacto” [Pedro Laín Entralgo; La generación del 98]

El impulso intelectual de los hombres de la G98, la cierta relajación de las tensiones políticas que supuso la Restauración y la proliferación de políticas que apoyaban el desarrollo cultural del país, hizo que surgiera una nueva oleada de intelectuales y de progreso científico. Ahí tenemos el ejemplo del Premio Nobel de Medicina concedido en 1906 a Ramón y Cajal, el pensamiento de Ortega, Eugeni d’Ors, Azaña, Gregorio Marañón o Juan Ramón Jiménez.

Ortega se encuentra en este oleaje entre dos generaciones intelectualmente dispuestas a brindar nuevos tiempos culturales a la maltrecha España. Bajo el título “¿Qué es filosofía?” no sólo encontramos un curso académico, sino que encontramos la excusa perfecta para abrir las puertas de un cierto modo de vivir filosófico, la excusa perfecta para culturizar España, para europeizar los vastos campos por dónde se pasean los cadáveres de Lope de Vega, Quevedo, Bécquer, Galdós o Cervantes.

No vamos a encontrar en las lecciones que presenta el libro una historia de la filosofía en toda regla, aunque hay páginas que muestran con clara lucidez la génesis de conceptos tan importantes para la filosofía como “ser”, “conciencia”, “subjetividad”, “intimidad”, etc. A uno le dan ganas de arrancar dichas páginas y colgarlas en la pared de su habitación como si se tratara de un gran tesoro hallado en un largo viaje.

Pero, ¿qué hace Ortega exactamente? Filosofar. Ortega filosofa desde su circunstancia, delimitando con su actividad argumentativa el vocablo mismo de “filosofía” entendido desde nuestro tiempo y contexto.

Es el libro de Ortega un viaje hacia el centro de la filosofía de nuestros días, parte del simple juego, de lo sencillo y jovial, pero poco a poco va girando sobre sí mismo, concentrando sus esfuerzos por llegar al mismo centro y sacar a la luz lo que el vocablo “filosofía” significa. Cuando aún me faltaban un par de giros concéntricos para acabar el periplo orteguiano no pude contener mi dolor ante lo que pasaba delante de mis ojos y mis manos se lanzaron a escribir lo que sigue: http://victorfpm-pahu.blogspot.com/2009/12/sangre.html

En situación similar debería encontrarse Ortega antes de dar el último paso que lo llevó a formular la definición esperanzadora de filosofía. Podríamos decir, con el mismo Ortega, que el mundo que tenemos a nuestro alrededor varía según dónde atendamos; la atención a lo que sucede constituye lo que se nos aparece. He aquí la mejor explicación de ello en el libro de Ortega que acalla la sangrienta desesperanza anunciada más arriba, una breve historia de la atención humana:

Antigüedad y modernidad coinciden en intentar, bajo el nombre de filosofía, el conocimiento del Universo o cuanto hay. Pero al dar el primer paso, al buscar la primera verdad sobre el Universo comienzan ya a discrepar. Porque el antiguo parte, desde luego, en busca de una realidad primera, entendiendo por primera la más importante en la estructura del Universo. Si es teísta, dirá que la realidad más importante que explica las demás es Dios; si es materialista, dirá que la materia; si es panteísta, dirá que una entidad indiferente, a la vez materia y Dios –natura sive Deus-. Pero el moderno detendrá toda esta pesquisa y disputa diciendo: es posible que, en efecto, sea esta o la otra realidad la más importante en el Universo, pero después de que lo hubiésemos demostrado no habríamos adelantado un paso –porque ustedes han olvidado preguntarse si esa realidad que explica a las demás la hay con toda evidencia; más aún si esas otras realidades explicadas por ella, menos importantes que ella, existen indubitablemente-. El problema primero de la filosofía no es averiguar qué realidad es la más importante, sino qué realidad del Universo es la más indudable, la más segura –aunque sea, por caso, la menos importante, la más humilde e insignificante-. En suma, que el problema primero filosófico consiste en determinar qué nos es dado del Universo –el problema de los datos radicales-. La antigüedad no se plantea nunca formalmente este problema; por eso, cualesquiera sean sus aciertos en las demás cuestiones, su nivel es inferior al de la modernidad. Nosotros nos instalamos, desde luego, en este nivel, y lo único que hacemos es disputar con os modernos sobre cuál es la realidad radical e indubitable. Hallamos que no es la conciencia, el sujeto –sino la vida, que incluye, además del sujeto, el mundo-. De esta manera escapamos al idealismo y conquistamos un nuevo nivel [José Ortega y Gasset; "¿Qué es filosofía?"]

De la misma mano que me condujo a la solipsista tesis radical del idealismo, salgo a flote en una nueva realidad, en un nuevo mirar. La realidad radical ya no es el sujeto pensante, el yo ponente, el espíritu glotón; la nueva realidad a la que Ortega atiende es a la coexistencia entre él y su mundo, a la coexistencia entre ambos.

¡Qué más da que todo sea una falsa ilusión! No podemos pensarnos a nosotros mismos sin la relación indisociable con nuestro mundo, con nuestra circunstancia; incluso en los sueños no puedo soñarme sin el sueño que envuelve a mi ser soñado. Así, Ortega aúna filosofía y vitalidad, yo y mundo, individualidad y colectividad; de esta conjunción entre lo teórico y lo vital surge la vida humana. ¡Es imposible pensarme sin aquello que me rodea! ¡Imposible! El mundo no es ya la naturaleza de los griegos ni el sujeto proyectado de los modernos, el mundo es mi circunstancia. Yo soy en tanto que circunstanciado por mi mundo y el mundo es en tanto que atendido por mí.

De aquí partirá ahora Ortega, la filosofía debe escudriñar eso a lo que llamamos vida.

El atributo primero de esta realidad radical que llamamos “nuestra vida” es el existir por sí misma, el enterarse de sí, el ser transparente ante sí. Sólo por eso es indubitable ella y cuanto forma parte de ella –y sólo porque es la única indubitable es la realidad radical […] Me doy cuenta de mí en el mundo, de mí y del mundo- esto es, por lo pronto, “vivir”. Ese “encontrarse” es, desde luego, encontrarse ocupado con algo del mundo. Yo consisto en un ocuparme con lo que hay en el mundo, y el mundo consiste en todo aquello de que me ocupo y nada más. Ocuparse es hacer esto o lo otro –es, por ejemplo, pensar [José Ortega y Gasset; "¿Qué es filosofía?"]

Y, levantando piedra tras piedra, Ortega ahonda más en las categorías vitales de esto que llamamos hombre. El hombre vive ocupado y, esto es, embebido en el tiempo; y el tiempo del hombre es un proyectarse hacia el futuro heredando el pasado, es un proyectarse hacia el querer ser. Todo ser ha sido un querer ser. De aquí que Ortega extraiga la brillante conclusión que lo importante en esta vida es la pre-ocupación, la proyección de lo que ansiamos ser. Y aquí nos damos de lleno con el mensaje esperanzador orteguiano: el futuro es obra de las proyecciones del presente, es obra de las decisiones del presente.

Ortega pone la filosofía de su tiempo al alcance de aquellos que constituyen dicho tiempo:

Imaginen ustedes por un momento que cada uno de nosotros cuidase tan sólo un poco más cada una de las horas de sus días, que le exigiese un poco más de donosura e intensidad, y multiplicando todos estos mínimos perfeccionamientos y densificaciones de unas vidas por las otras, calculen ustedes el enriquecimiento gigante, el fabuloso ennoblecimiento que la convivencia humana alcanzaría. Eso sería vivir en plena forma; en vez de pasar las horas como naves sin estabilidad y a la deriva, pasarían ante nosotros cada una con su nueva inminencia. No se diga tampoco que la fatalidad no nos deja mejorar nuestra vida, porque la belleza de la vida está precisamente no en que el destino nos sea favorable o adverso –ya que siempre es destino-, sino en la gentileza con que le salgamos al paso y labremos de su materia fatal una figura noble [José Ortega y Gasset; "¿Qué es filosofía?"]

¡Ah! ¡Suero y yodo! ¡Mis heridas se cierran! Esperanza, estas palabras están cargadas de esperanza que, al fin y al cabo, es un querer ser, un desear ser. Ortega lo pide, lo vocifera, desea que el pueblo español se pre-ocupe que no se deje llevar y deje su preocupación en la vida del vecino; quiere apartar al español de a pie de la masa ingente de borregos despreocupados, que se apoyan en la preocupación ajena.

Lamentablemente siempre tengo un cuchillo oxidado a mano con el que reabrir viejas heridas. Hoy, en la noche de un Diciembre frío, cuando hace 90 años que el curso de Ortega se llevó a cabo, el español de a pie está cada vez más apoyado en las preocupaciones de otros; es más, es muy español eso de que “se preocupen ellos que para eso les pagan”. Hoy, el navío no es ya la Santa María sino un madero carcomido y quebradizo al que algunos se aferran como si les fuera la vida y otros se dejan llevar por la deriva, esperando llegar a tierras mejores. Un madero destrozado por aquellas andanadas y por la carcoma interna que parece no tener más ambición que la fitofagia, parece no tener más futuro que el presente engullidor. Y allí me encuentro, navegando junto al madero sin lugar al que asirme, ya que nadie quiere ceder un lugar que sirve de alimento a sus burdos proyectos. Lo observo todo desde la perplejidad y me entrego a pensamientos sobre la esperanza, la salvación y el destino de ese carcomido tablón; unas reflexiones que no dejan de ser heredadas de otro navío: el de la cristiandad. ¿Navío? ¿Qué habrá sido de él? Ante tal panorama de desolación y destrucción es posible que ya no quede ninguna nave, salvo las que seguro que se estarán creando en los astilleros. Y, entre los gritos de la muchedumbre, miro alrededor y veo que no estoy solo, hay demasiada gente observando el festín. Y pienso en el navío de la cristiandad que, como nosotros, aún guarda esperanzas pero ya está harta de esperar.

Y digo yo, a mis 22 años… ¡qué me queda! ¿Esperanza o resignación? ¿Ingenuidad o cruda realidad?

lunes, 14 de diciembre de 2009

Sangre

Hay un problema que me desgarra y ahoga mi corazón en un barreño helado. Empiezo a entender que el hombre contemporáneo es hijo del nacimiento de la subjetividad en la era moderna; es hijo del entornar los ojos hacia dentro para buscar las respuestas en las supuestas evidencias del pensamiento. Un hijo que encuentra sus tatarabuelos en el escepticismo, que niega la búsqueda de veracidad en el mundo, y en el cristianismo, que incita a la búsqueda interior reuniéndose con Dios. Es la ambición de saber, de comerse y conceptualizar el mundo, la que ha llevado al hombre a crear ese invento moderno al que llamamos conciencia: encontrar las respuestas en la reiteración constante de mi pensar. Y el hombre contemporáneo pregunta: "¿estás ahí?", y el yo siempre responde: "con más seguridad que la mano que tienes delante"

El hombre contemporáneo es un viajero perdido en su mismidad, un Odiseo que jamás encontrará su casa buscándola en su interior; el hombre contemporáneo se halla en un perpetuo viaje de vuelta hacia su casa, hacia sí mismo, hacia ninguna parte. El sentimiento nostálgico no es otra cosa que el deseo de volver al apacible calor del hogar, un hogar sangriento, al que sólo se puede llegar si nos abrimos en canal y nos metemos dentro de nosotros mismos.
Y el hombre contemporáneo llora y se desgarra la piel, él mismo es el hogar y él mismo se mutila entornando sus ojos hacia sí mismo. Y para cuando ha visto algo en su interior, para cuando ha sacado a la luz la intimidad, la conciencia y la subjetividad... el hombre contemporáneo se da cuenta que está sólo. ¡Ah! Más sangre, más desgarramiento, más vísceras... le asalta el terrible dilema, o yo o los demás, o individuo o comunidad.

Ahí están, el Henry Haller de Hesse, el febril buscador de oro de London; todos, hijos de la subjetividad, enfermos de mismidad que rechazan las posibles evidencias externas y se ahogan en su dolorosa individualidad. Lobos esteparios que quieren andar y cazar en soledad, encontrando respuestas, acallando y apaciguando sed y hambre en sus solitarios colmillos; aún a sabiendas de que, la carne que comen y cazan, proviene del otro, de la comunidad, del estado, de la nación, de la patria.

Hogar o monte, civilización o salvajismo, yo o mi vecino, mi mismidad o la nación; así se pasa las horas el hombre contemporáneo, arrancando los ojos de sus cuencas y dirigiéndolos ora hacia fuera ora hacia adentro. ¿Locura? ¡Estamos inmersos en un universal manicomio!
Doloroso y sangriento futuro el de estos lobos de estepa, esos desertores del ejército, esos apátridas, esos eruditos bibliotecarios, esos snobs urbanitas, esos corredores de bolsa, esos pastores de monte... doloroso y sangriento futuro el del hombre y su contemporaneidad.

Todos, absolutamente todos, somos hijos de esta vuelta a casa interminable, de este escudriñar entre las entrañas para sacar un extraño yo, una intimidad. Nadie puede escapar: todos, absolutamente todos, somos hijos de nuestro tiempo.

¡Qué ganas de montaña tengo!

Early Day Miners, "In These Hills" --> http://www.youtube.com/watch?v=Y92-d__Rbmw

domingo, 29 de noviembre de 2009

Una propuesta religiosa silenciada; recensión de "El fundamento irreligioso de la iglesia", de Joan Leita i Graell.

El texto que sigue estas palabras fue una recensión que realicé para la asignatura de Historia de la Filosofía Medieval III. El autor tratado es, como casi todos los que aportan aire fresco a la religiosidad, un autor olvidado y que, probablemente, su apuesta por la espiritualidad quedará olvidada en el tiempo. La comunidad dogmática cristiana jamás podrá aceptar un cambio como el que propone Leita, una apuesta que incluso permite, y considera indispensable, la entrada del ateo y del escéptico en la nueva iglesia de la irreligión.
El texto está en catalán, intentaré traducirlo cuando tenga tiempo para permitir que el mensaje llegue lo más lejos posible.
Sin más, aquí mi pequeño homenaje a este autor:



El fonament irreligiós de l'esglèsia, Joan Leita i Graell
L'autor del llibre que es presenta, en Joan Leita i Graell, nasquè a Barcelona el 1936 i cursà estudis de filosofia i teologia entre Barcelona i Innsbruck. L’any 1955 s’ordenà membre de la Companyia de Jesús, rebent la estricta formació intel·lectual que caracteritza als jesuïtes. El 1969 publicarà El fonament irreligiós de l’esglèsia que serà premiat amb el Carles Cardó d’investigació religiosa del 1969. El mateix any, arran del contingut del llibre premiat, l'autor fou cridat a l’ordre pels jesuïtes. Amb tot, Leita publicà el 1971 "L’antievangeli". Amb aquesta segona publicació, la Companyia de Jesús li demanà que marxés de l’ordre per la seva voluntat; Leita fou expulsat, a contracor, de l'ordre jesuïta.

El lector que vulgui emprendre la lectura del primer llibre d’en Leita es trobarà davant d’un escrit problemàtic pel que fa al context, ja que els temes exposats seràn motiu de la desavinença entre l’ordre jesuïta i l’autor del llibre. Però tambè es un llibre problemàtic pel que fa al text, no es un escrit dirigit al lector profà en temes purament cristians i bíblics. No obstant, el text es comprèn millor si hom adjunta a la lectura de Leita la consulta de la Bíblia de la Fundació Biblica Catalana.

El llibre de Leita és un clar intent de revisar la constitució de l'esglèsia, revisant els fonaments d'on sorgeix la institució. Com diu Leita:
"Aun siendo sin duda importantes los análisis sociológicos, psicológicos e históricos, hemos creído que era fundamental investigar qué es la iglesia en su esencia, considerada a partir de sus orígenes. Por esto nos hemos remontado al evangelio en el cual tiene la iglesia su razón fundamental de existir [a l'evangeli de Mateu]"

Leita es reafirma en l'exercici contextualitzador de la seva tasca tant al començament del llibre (capítol 2) com al final (capítol 17). A través de la contextualització dels evangelis ens mostrarà l'aparent equivalència entre els sinóptics, tot establint un diàleg amb els exegetes i teólegs contemporanis que tracten el tema.
La primera part del llibre es una lloable tasca d'investigació teológica en la que Leita contraposa l'evangeli de Mateu i l'evangeli de Marc; una contraposició de la que sorgiran diferents concepcions de mesianisme, de Jesús, de Déu, i de la relació de cada evangeli amb el seu context.
L'autor ens fará veure com l'evangeli de Mateu fonamenta l'actual esglèsia, que té el Vaticà com a institució que té les claus del regne dels cels; i el que lligui a la terra quedarà lligat al cel, i el que deslligui en la terra quedarà deslligat als cels; i com de l'evangeli de Marc (aparentment equivalent al de Mateu) se'n desprèn una concepció de l'esglèsia ben diferent de la que emana de l'evangeli de Mateu.

L'autor es pregunta com es possible que el Vaticà, que predica la pràctica de l'amor a Déu, necessiti de l'antic mecanisme de llei i obediència. Com l'autor mateix exposa:
"la vida de la iglesia ha de ser mucho más personal y profunda que la de un simple mecanismo de ley y obediencia"
I es que el profà en teologia, o el fervent creient en l'esglèsia vaticana, relaciona la fe cristiana amb el Vaticà i el Deu cristià amb l'autoritat vaticana. Hom creu que el cristianisme es sinónim de llei i obediència, missatge i missatger, pregària i salvació. Leita vol argumentar com aquestes dicotomies de l'esglesia vaticana o mesiànica no conformen l'única institució que podia haver sorgit de la lectura dels evangelis. També mostrarà com el Deu cristià , al que el Vaticà obeeix, no es l'única expressió evangèlica possible de la divinitat.

En Leita es conjuminen l'agudesa de l'erudició, la valentia de l'exploració i la coherència del sentit comú. L'autor no entèn com una religió que s'harmonitzà amb el passat i amb el seu present per assegurar-se el futur, no pot harmonitzar-se amb el seu present actual. En el seu moment, la religió havia de respondre a un model "divinitzat" de la natura on la realitat era dotada de sentit per Déu, però des de l'evangeli de Marc se'n desprèn una intuició de la modernitat: la natura respón a un model "hominitzat", la realitat es dotada de sentit per l'home.
L'esquema teológic de l'evangeli de Mateu es harmonista amb el passat, recull la influènicia veterotestamentària i la mirada ascendent de l'home; atorgant a Déu el sentit de la creació i establint una relació d'amo i súbdit. Establint així una esglèsia mesiànica on la figura de Jesús és...
"el mesías, el hijo de David, que cumple en sí mismo las profecías veterotestamentarias: pertenece a la descendencia de Abraham, de Isaac y de Jacob; [...] aquél en quien están puestas todas las esperanzas del pueblo de Israel"
L'esglèsia mesiànica ha ocultat la possible esglèsia que podia sorgir de l'esquema evangèlic de Marc, ja que:
"el acontecimiento de Jesús sólo se ha considerado de acuerdo con la línea religiosa y tradicional de Mateo"
Un evangeli, el de Marc, rupturista amb el passat veterotestamentari. Un document que respon a la vertadera coherència del Crist, resolent la llunyania de l'home envers Déu "hominitzant" al mateix Déu. Com diu Leita, en l'esquema evangelic de Marc,
"la afirmación básica que fundamenta la fe ha quedado bien diferenciada de la que suele ser base común de la religión, y con ello ha sido ya invalidado el mecanismo de relaciones trascendentes. De ahí que el Dios invisible, contemplado a través de la creación, no esté esencialmente presente en el documento de Marcos, a diferencia de cualquier otro documento veterotestamentario"
I es que en l'evangeli de Marc la afirmació bàsica que fonamenta la fe no es ja el sometiment a...
"a la voluntad de Dios expresada en las normas y que el hombre ha de poner en pràctica"
...sino, més aviat l'afirmació central de la fe es...
"aquella unidad viva de la aceptación de la persona de Jesús como constitutivo único y radical de salvación"
Heus aquí l'esglèsia del silenci, la unitat de fe amagada pel mesianisme institucional.

En aquest escrit Leita mai voldrà...
"llegar a la conclusión definitiva acerca de cúal de dichas iglesias tiene con seguridad validez evangélica ni [...] acerca de cuál de ellas ha de ser excluida necesariamente como no evangèlica"
...més aviat, voldrà deixar constància de l'existència d'una altra possibilitat confessional que emana dels sinóptics.

El títol del llibre no es legitima fins al final de l'escrit, quan Leita s'assegura que el lector a anat desocultant i descobrint el missatge del llibre. En efecte, la confessionalitat del silenci que Leita ens revela es una esglèsia que nega el caràcter religiós de sí mateixa, ja que...
"si hay que afirmar que Jesús es Cristo, no es porque nos trajera una nueva religión, sino porque es el final de la religión"


...Déu definitivament "s'hominitza" i l'esglèsia del silenci esdevè irreligiosa.
L'aconteixement de Crist per a Marc es un aconteixement revolucionari en tant que la bona nova sobre pas entre la mirada...
"hacia abajo, dirigida al centralismo del individuo personal, y otra hacia arriba, dirigida hacia el término absoluto de toda individualidad"
...establint un centralisme absolut de Jesús. El món ja no s'entèn desde la trascendència rabínica, sinó a través de la realitat intramundana de la persona de Jesús que, apropant la divinitat a l'home, trenca definitivament la llunyania envers Déu i la submissió legal amb aquest. D'aquesta manera...
"Dios no puede ser el mecanismo de la forma ascendente o de la mirada hacia arriba, porque esto no seria salir al encuentro [centralizado] del acontecimiento de Jesús"
...el Déu rabínic, que es el Déu de l'esquema de Mateu, no encaixa en el document de Marc.

En definitiva, un llibre molt interessant que no deixarà indiferent al religiós, que rep un baf de coherència; ni a l'ateu, que no queda exclós de l'esglèsia del silenci; ni a qualsevol creient d'altres confesions, ja que...
"ni lo que importa es ya saber cúal es la verdadera religión, porque el acontecimiento mismo de Jesús supera toda categoría religiosa. Lo único que importa es ya saber cómo podemos vivir unidos en la iglesia de la irreligión"